La luz del pasado

Más que una obra sobre los abusos sexuales a la infancia, La alambrada trata sobre sus consecuencias. Y no tanto las psicológicas como las sociales. Lo meritorio de este texto de Marco Canale es que es autobiográfico. Y eso se nota en la implicación con su propia historia, muy superior a lo que es habitual en un dramaturgo. Uno admira el talante de La alambrada, pues podía haberse convertido en el típico grito de rabia, pero es una obra ponderada, que no se mira el ombligo y que mira más allá sobre un tema tan escabroso.

De hecho, el texto se plantea como autorreferencial, pues trata de un joven autor que escribe una pieza teatral sobre su propia experiencia cuando fue forzado en su niñez por su propio tío. Esto le lleva a enfrentarse a su familia. De lo que se deduce que lo duro no es pasar por un trauma semejante, sino el manto de silencio que puede caer sobre él por parte de la gente que más debe defender a la víctima. Como en tantas otras ocasiones, la necesidad de que la maquinaría social siga funcionando impone el mirar hacia otro lado. Es estremecedor las disquisiciones sobre si el pequeño violado fue o no penetrado. Una discusión académica que no contempla la penetración psicológica y las consecuencias.

El grupo lleva a cabo el montaje mezclando sin aspavientos los diversos tiempos de la acción, con una familia en escena que puede resultar excesiva dado el poco tiempo de duración del montaje, pero que representa bien el peso de la presión social. Y es un hallazgo que las partes del pasado sean iluminadas por el haz de luz de un viejo proyector de diapositivas que ha servido al principio para proyectar viejas e inofensivas fotos familiares, como desvelando los cadáveres que ocultan las familias. Una obra importante, que sufrió el mismo curioso problema que han padecido algunas obras de este recién finiquitado FIT: dar la sensación de acabarse antes de que desplegar del todo sus potencialidades.

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