Las luces arden como llama azul

  • Las Libreras. Las cinco hermanas Raposo están a cargo del negocio de la plaza Bécquer. Desde su apertura en 2010, ha acogido presentaciones, charlas e incluso un club de lectura

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CREEN recordar que, hace décadas, el local tal vez fuera un bingo, pero durante mucho tiempo fue sede de la tienda de manualidades Beta, de la que precisamente se encargaba Lola, una de las hermanas Raposo.

La idea de reinventar el negocio y, de paso, reinventarse todas ellas, surgió tras la muerte de sus padres: de alguna forma, se hizo casi natural emprender un proyecto en común. Lola podía proporcionar el local, "que nos gustaba mucho", y dos de ellas, María José y Auxi, venían del negocio librero -ambas trabajaron durante años en el grupo Quorum-. El resto de hermanas, Susi y Pati, se unirían también al negocio.

Tras tanto tiempo de atención al público, Lola tiene claro no sólo que eso es lo que le gusta, sino que es lo esencial en un librero: "El haber estado tanto tiempo por la zona hacía que, además, me conociera mucha gente..." Al don de gentes como cualidad primordial, acuerdan todas las hermanas, se une la paciencia. Y leer mucho. "O, más bien -apunta Susi-, conseguir tener tiempo para leer e informarte de todo lo que va saliendo. Siempre hay una parte romántica, cuando uno se mete a librero, en la que se imagina abrigado por los libros, leyendo plácidamente en los ratos muertos -continúa-. Yo misma, cuando pusimos los sillones de lectura, me dije: Qué buenos ratitos voy a pasar ahí de tanto en tanto... Pues, por supuesto, no lo he hecho nunca".

La realidad del librero es bien distinta: llevar libros -llevar con todo lo que implica: controlarlos, ordenarlos, cuidarlos, transportarlos, pedirlos, darles salida- supone una gran cantidad de trabajo interno invisible. Los libros vienen en cajas que hay que mover a empujones. Acumulan polvo. Como objeto individual, un libro es delicioso. A bulto, puede resultar bastante antipático. Por eso la actividad de librero consume tanto tiempo: porque no sólo se limita a un mero despacho tras el mostrador. Y por eso todas señalan, también, el "espíritu de sacrificio" y el "compromiso": "Es cierto que la profesión te atrapa -comenta Auxi-. Nosotros, por ejemplo, procuramos ofrecer al que se acerca un servicio personalizado, quizá sea ahí donde más invertimos..."

Curiosamente, tanto Auxi como María José aprecian diferencias en el tipo de público que acudía a Quorum y el tipo de público que acude a Las Libreras: "Según nuestra experiencia, es un cliente distinto, no sabemos porqué -aseguran-. El que se acerca aquí parece que tiene un espíritu más relajado, va con ánimo de cotillear, mirar, busca más el libro de regalo..."

Hay algo, sin embargo, que siempre es igual, y es la sinergia con los lectores: la conexión con el lector resulta crucial. De hecho, el momento favorito de todas ellas, tal vez de cualquier librero, es cuando empiezan a hablar con cualquier cliente, "y de repente, encuentras que son ellos los que te están recomendando algún libro, y lo mismo algún otro también se mete, y se crea una especie de tertulia..."

A pesar de la ingente colección que se despliega a lo largo de las dos plantas de la librería, no todas las hermanas se muestran de acuerdo respecto a la importancia del fondo: "La gente hoy día no tira de fondo, sino de impacto, porque es así como funciona, en general, el mercado", explica María José, una de las hermanas con más experiencia en el sector. La tendencia a crear un fondo consistente mengua porque también menguan, como si dijéramos, los lectores de fondo: el lector de profundidad que quiere seguir una línea, una idea, a un autor.

No obstante, aun con las concesiones necesarias a las joyas que de tanto en tanto se van colando en el mercado, muchos de los títulos que las libreras recomiendan una y otra vez pueden acumular décadas en el lomo. Los buenos libros no tienen fecha de caducidad: "Cien años de soledad, Bella del señor, La suite francesa...", recita Lola. Todas las hermanas se muestran emocionadas cuando mencionan las novelas de José Luis Sampedro: La vieja sirena, La sonrisa etrusca.

¿Se puede intuir, sólo con mirar un catálogo, cuándo un título va a tener aceptación? Las hermanas aseguran que sí es posible, en alta proporción: "Hay una intuición que la mayor parte de las veces acierta", afirma María José.

A la hora de emprender el negocio por sí mismas, admiten que, aunque ilusionadas, estaban "a la expectativa: no teníamos ni idea de cómo podía terminar la aventura". No había que hacer un estudio previo -que se hizo- para deducir que montar una librería en la zona podía no ser mala idea: "La gente que venía al principio nos decía lo contentos que estaban con la apertura, que se sentían huérfanos de librerías..."

Tal vez fuera esta condición de oasis en medio del páramo la que les hizo concebir, desde un principio, la naturaleza de la librería como un espacio de encuentro, en el que desarrollar charlas y presentaciones: "Muchos de los actos económicamente no merecen la pena, teniendo en cuenta el esfuerzo -desarrolla Auxi-, pero creemos que es algo que tenemos que potenciar. De una forma u otra, una librería ejerce siempre de agente cultural, y nosotras creemos en la cultura de los libros".

"Aunque también es verdad que se presentan libros en todas partes, y por eso mismo vamos probando cosas....", prosigue la responsable. Entre las actividades paralelas de Las Libreras se cuenta también la creación de un club de lectura, que reúne en torno a ocho o diez personas y que lleva ya un año funcionando. Sus miembros se reúnen una vez al mes, y discuten. Muchas veces, discuten mucho, dice Auxi: " Y notas, además, como cada vez se van volviendo más exigentes..."

La debacle en la que ahora mismo se encuentran las librerías -que viven, como la sociedad, una crisis múltiple- no es más que una muestra, para estas hermanas libreras, de "cómo va caminando la sociedad -indica María José-. Estamos bajando en todos los niveles, sobre todo, en cultura. En ese contexto, simplemente sobrevivir, es muy duro. Hay una enorme falta de infraestructura cultural en el país".

Desde la propia administración se ve el negocio librero como un negocio al uso, desprovisto de ese factor de dinamo e incentivación cultural: "No es que no haya inversión: es que no hay educación. No se educa en la cultura del libro. Llegará un momento en el que, cuando no haya libros, todo el mundo se eche las manos a la cabeza..."

Llega la hora de cerrar y, a la recogida, acude el nieto de Lola. Muy apropiadamente, ya que crecerá rodeado de libros, se llama Jorge.

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