Rojo y negro

"Estos libros son para quienes no le temen ni a la libertad ni a la soledad"

  • Aparece ahora en las librerías el nuevo tomo de sus memorias, titulado 'La manía'. Es el volumen decimoquinto de 'Salón de pasos perdidos', un proyecto clave en la literatura española contemporánea

Dicen en los corrillos literarios madrileños que hay quien corre a las librerías cada vez que aparece un nuevo tomo de los diarios de Andrés Trapiello (León, 1954) para buscarse en ellos. Y es que este autor discreto, de larga trayectoria, conocedor del oficio, y de las emociones que lo hacen grande, afila especialmente las palabras para describir la realidad, la que le toca vivir día a día, en sus diarios. Diarios que son testigos de una época, catálogos de personajes vivos, novela en marcha, como él mismo le ha llamado a ese Salón de pasos perdidos, título bajo el que ya se reúnen 15 volúmenes. Para hablar del último, La manía (Pre-Textos, 2008), interrumpimos el enclaustramiento voluntario en el que Trapiello trabaja para acabar su última novela.

-Con La manía ya son 15 los volúmenes de sus diarios, ¿qué le da este género a usted, que los ha probado todos?

-Los libros de esta naturaleza, en los que pone uno vida propia y de otros, contemporáneos suyos también, le dan a uno y le quitan. Te facilitan los estados de vigilia. Va uno, quizá, un poco más atento con todo aquello que sucede. Y esto, paradójicamente, te hace un poco más solitario. La libertad de pensamiento y de juicio le orillan a uno poco a poco, sin darse cuenta. Pero no hay que temerle a la soledad, porque en el mismo caso que uno hay unas cuantas personas extraordinarias, a quienes uno no conoce, que van por la vida atentas y libres. Lo decía Nietzsche: nosotros los solitarios. Y para ellos están escritos estos libros: para quienes no le temen ni a la libertad ni a la soledad.

-¿Qué papel ocupa La manía en el conjunto de sus diarios?

-Es muy difícil decir eso en una obra que son tantos volúmenes. Yo no tengo una idea demasiado clara. Creo que los últimos son diferentes de los primeros. La persona que los ha escrito ha ido envejeciendo y perdiendo por el camino algunas cosas: amigos, creencias, ilusiones… Pero también ha ganado otras: amigos, creencias, ilusiones… Durante años tenía la fantasía de que cada tomo era diferente. Los libros son siempre más o menos los mismos, y valen muy poco, si las personas que los leen no acaban siendo un poco mejores de lo que eran, después de leerlos. Y un libro mediano se mejora si ha hecho que un lector suyo se haya mejorado con él.

-En un diario se supone que el protagonista es el propio escritor. ¿Es usted tal como se pinta?

-Hace usted preguntas difíciles. No sé. A veces me encuentro parecido y a veces no. Por eso prefiero hablar y escribir de los demás. En ese caso yo el parecido procuro que sea el mayor posible. No con el modelo de la realidad, sino consigo mismo. Un personaje literario ha de parecerse sobre todo a sí mismo, no al modelo del que fue tomado. Un personaje es verosímil en cuanto es verdadero, no si es más o menos real. La realidad está llena de mentira, y en la ficción puede haber mucha verdad. Ejemplo de lo primero es una gran parte de los mandamases del mundo o Disneylandia o el Vaticano; ejemplo de lo segundo es Don Quijote.

-Dicen las malas lenguas que inventa mucho más de lo que vive ¿Está de acuerdo?

-Tiene que ser verdad eso, porque yo no vivo mucho ni he presumido nunca de llevar una gran vida social. Pero no hay que pedirle cuentas a uno de no llevar una gran vida social. Lo importante es que los personajes de un libro vivan su vida, y viviéndola bien, habrán vivido mucho más que otros que andan por ahí de carne y hueso. Las cosas tienen que ser verosímiles, incluso cuando son verdaderas.

-¿Por qué cree que a algunos les resulta tan molesto que cuente sus propias experiencias?

-Si eso es así, tiene que ser porque les parecerán una forma de censura. Si le ven a uno libre, los primeros que se molestan serán, acaso, quienes no pueden serlo. Supongo que eso lo tendrán por una arrogancia. Se dirán ¿Y ese quién es para no acatar las jerarquías, opiniones y lugares comunes a las que nos sometemos todos los demás? Pero también hay otros, que son igualmente libres y solitarios, a quienes esas mismas opiniones ayudan y acompañan, o que, no siendo libres, admiran y respetan que otro pueda serlo. Quizá son estos últimos los que le escriben a uno cartas de gratitud o me lo dicen por la calle, agradecidos de que alguien esté contando sus vidas, a lo que aspiran sus vidas. Nos son una multitud, desde luego, pero sí suficientes para sentirse uno un poco menos solo y un poco más libre.

-Hay quien dice que aparecer en sus diarios, aunque sea para mal, es un símbolo de prestigio literario, de que se es alguien en el mundo de la literatura. ¿Por qué resulta usted tan polémico?, ¿por qué cree que la mayoría de los críticos se fijan más en lo anecdótico que en, por ejemplo, su impecable prosa?

-Está bien dicho eso. Gaya decía "no soy polémico, resulto polémico". Siempre resulta uno polémico, no por la extremosidad de sus opiniones o la malicia o la sátira, sino por todo lo contrario, por el sentido común y la inoportunidad. La mayor parte de esas opiniones, veinte años después, suelen ser corrientes y no extrañan a nadie. En cuanto a lo otro, todo eso de los prestigios, lo tomo como un pequeño malentendido. La mayor parte de los prestigios no son más que un pequeño malentendido que el tiempo se encarga de deshacer con suma cortesía. En mi diario hay cientos de retratos favorables, hechos desde la admiración y la simpatía, y unas decenas que son satíricos y más o menos caricaturescos. La gente se fija más en estos que en aquellos, porque supone que la malicia es más inteligente y picante que la bondad, a la que suele tener por ingenua y sin relieve.

-¿Es consciente de que su particular manera de contar historias, sin poner nombre a los personajes, pero dando miles de estupendas pistas, convierte sus diarios en una apasionante novela policíaca en la que el lector se siente detective inteligente?

-Creo que la mayor parte de esas historias, si tienen algún valor, es por su naturaleza moral. Lo probable es que dentro de cuarenta años nadie recuerde, no ya esas X, sino la persona que estaba detrás. Los lectores, no obstante, deberían actuar con cautela. Basta que alguien diga que X es idiota para que, no sé por qué razón, aparezcan veinte personas que se postulan y creen, ofendidísimas, que se hablaba de ellas. Esto, ni que decir tiene, le causa a su autor algunos pequeños quebraderos de cabeza.

-¿Cuáles son sus diarios favoritos y qué cree aportan al género los suyos?

-Me gusta citar el Libro del desasosiego, de Pessoa. De niño me impresionaron los de Ana Frank, y hoy leo con gusto los de algunos amigos míos, unos por unas razones y otros por otra. Es difícil que no se filtre en un diario un poco, aunque sólo sea un poco, de vida verdadera.

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