En el jardín del Edén

La vida es corta y la de una puesta en escena, hoy en día, mucho más. Por ello, resulta todo un record que un espectáculo lleve rodando por el mundo desde hace más de veinte años, como es el caso de Naï ou cristal qui songe (Naï o el cristal que sueña), presentado por primera vez en Nueva York en 1981. No sabemos si Naï se refiere a un lugar físico o imaginado, aunque existan diez poblaciones en el mundo con ese nombre en emplazamientos bastante exóticos y, casualmente, el espacio escénico de la propuesta nos remite a un ámbito que parece estar enclavado en una selva esmeralda. Esta ilusión se consigue con muy poco recursos, perfectamente aprovechados, de donde destaca una bellísima iluminación que se vuelca como una lluvia dorada sobre la escena. A esto se añade el empleo de gobos o cubiertas que se colocan sobre una salida de luz para recrear todo tipo de figuras y una banda sonora basada en sonidos de la naturaleza o étnicos, además de una serie de olores que se difunden por la sala a lo largo del espectáculo. Este juego sensorial sostiene una coreografía que resulta un deleite estético por su elegancia, técnica y virtuosismo, que gana a cada momento en intensidad física pero que adolece de progresión dramática en un sentido dramatúrgico. En ocasiones, el artista parece un Robinsón perdido en un su soledad o un Kurtz desesperado en el corazón de las tinieblas. A lo largo de todo su soliloquio, se comporta como un Ícaro obsesionado por elevarse del suelo, estudiando una y otra vez su cuerpo para desafiar la ley de la gravedad. Pero desde el principio, se presiente -como aquellos héroes o dioses de la antigüedad que caían en desgracia y eran castigados con eternos suplicios- que todo será inútil y nunca se podrá salir del laberinto.

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