Una jaima en el Museo

  • La compañía Naï presentó ayer en Cádiz la actividad didáctico musical 'La tienda de Alí', en la que mostó la variedad de flautas que existe, sus características y sonidos

Junto a la Escultura Monumental de Trajano, en la sala dedicada a Roma y Gades del Museo de Cádiz, había colocada la tarde de ayer una jaima con instrumentos musicales. "¿Sabéis qué es una jaima?" Preguntaba Alí a un grupo de niños que estaban sentados en el suelo. "¡Es como una caseta de campaña!", contestó uno de ellos.

Juan Cabrera y Elisa de la Torre, de la Compañía Naï, se convirtieron ayer en Alí y su prima Aifa para dirigir la actividad didáctico musical La tienda de Alí, que se celebró en dos sesiones, una a las siete de la tarde y otra a las ocho. A través de juegos, cuentos e historias tradicionales, los dos jóvenes fueron presentando a los pequeños y mayores que asistieron al Museo la variedad de flautas que existe, su presencia en diversas culturas, sus características y sus posibilidades sonoras y de expresión.

En la jaima había instrumentos de cuerda, viento y percusión. Pero el favorito de Alí y Aifa es la flauta. "¿Queréis saber por qué?", preguntaron a los niños. "¡Sí!", contestaron todos al unísono. Y contaron la historia de su "tatatatatatatatarabuelo" Ifalán, que vivía en el reino nazarí de Granada allá por el año 1480 y tuvo que emigrar a Marruecos cuando estalló la guerra, donde instaló su taller de cerámica. Allí construyó una flauta de barro que imitaba el sonido del viento en el desierto. Mientras Alí contaba la historia, Aifa la ilustraba con diversos sonidos.

Luego enseñaron al público la flauta dulce o de pico, "que se llama así porque la parte donde se sopla parece el pico de un pato. ¿Sabéis cómo suena?" Los niños más mayores lo sabían perfectamente: "Soplando y tapando los agujeros". Y fueron mostrando una flauta de caña de Bolivia, otra de metal de Irlanda y una última de madera que venía de Alemania.

Después contaron la Leyenda de Harún, una especie de niño-cabra que se enamoró de una ninfa que terminó por convertirse en árbol y le regaló a Harún una de sus ramas, que resultó ser una flauta de la que salía una dulce melodía.

La parte que más le gustó a los niños fue cuando Alí y Aifa llenaron varias botellas de agua y, mientras se iban llenando, el líquido iba tomando un color diferente en cada una de ellas: "¡Azul!, ¡rojo!, ¡verde!... ¡Es magia!", gritaban los niños. Luego, la joven fue soplando las botellas y cada una emitía un sonido diferente. Aifa propuso a los niños y mayores presentes que imitaran esos sonidos. Y no lo hicieron nada mal.

Luego, la joven sacó una caja pequeña que contenía una flauta travesera. Mientras ella la montaba, su primo fue explicando sus partes y cómo se toca. "¿Queréis escucharla?", les preguntó. "¡Sí", contestaron todos. Y muy atentos escucharon Concierto de Vivaldi, interpretado por Aifa.

También organizaron una orquesta formada por el respetable, dirigida por Alí y con la participación de Aifa como solista a la flauta travesera. La mitad del público tenía que cantar repetidamente y al compás "un chicle", y la otra mitad, "un pirulí", algo que le hizo mucha gracia a los pequeños.

Tras hacer contar el cuento del Flautista de Hamelin a uno de los niños, los actores hicieron representarlo a todos los asistentes. Así, mientras Aifa tocaba su flauta, el público fue desalojando la sala del Museo.

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