Los inventos de Sloan

  • Carlos Laínez nos vuelve a llevar por la fresca luz de una obra inteligente, sabia, distinta y convincente.

CARLOS C. LAÍNEZ. Casa de la Cultura CHICLANA

Los que conocemos a Juan Carlos Crespo Laínez no nos sorprende absolutamente nada de lo que hace. Su pintura es como él, su valiente diseño está configurado por las líneas festivas que marcan su feliz existencia, cuando se ha dedicado al teatro -última faceta de su hipercreativa vida- sus manifestaciones eran propias de aquel que está por encima de los registros habituales y sabe mofarse, con estilo, del surrealismo que le rodea. Él es el creador de ese personaje, loco maravilloso, inventor de imposibles, que es el Doctor Alejo Sloan, el viejo científico que, dicen -hay opiniones diversas al respecto- en su juventud ideó para la medicina un líquido pseudomágico que servía para calmar los dolores producidos por los inoportunos golpes y que, después, la farmacia general tuvo a bien hacer un producto parecido, aunque del mismo olor, que se sigue vendiendo en un moderno aerosol. Por eso, no nos puede extrañar esta exposición que, ahora, felizmente se presenta en la Casa de la Cultura de Chiclana.

Carlos Láinez es un pintor de muy amplia y sabia trayectoria. Su pintura ya es conocida y valorada unánimemente. Sus colecciones causaron, en el momento de su presentación, mucha expectación. En el recuerdo de todos están aquellas series sobre los juegos infantiles, de entrañable emotividad, sus paisajes urbanos donde la contundente realidad era sutilmente distorsionada para crear un bello juego expresivo, su especialísima mitología capaz de crear una nueva iconografía de los héroes y mitos clásicos, sus felicísimos oficios imposibles, con la realidad y la ficción desembocando en unas festivas escenografías de mediatas argumentaciones, así como su gatomaquia, con el felino acertadamente revestido de humana indumentaria. Ahora nos ofrece el testimonio incontrolable de los acontecimientos científicos ideados por el Doctor Sloan y su infinita sabiduría.

Con la exposición de Chiclana, anteriormente tuvimos la oportunidad de gozarla en toda su magnitud en los espacios de la Pescadería jerezana, el espectador se retrotrae a aquellos episodios que la mente Dadá puso de moda en las vanguardias y que los mejores surrealistas siguieron manteniéndolos en absoluta vigencia. El Doctor Sloan, estrella indiscutible de las redes sociales, ingeniero a contracorriente, arquitecto en la estratosfera -sus obras están muy por encima de cualquier situación terrenal aunque desprendan un halo de misteriosa realidad-, inventor afortunado de lo no creado, es el alter ego de su autor; nadie, salvo Sloan y Juan Carlos, podrían crear ese universo de imposibles maravillas; objetos irreales que crean vida en la mente y en el espíritu de autor, en esta serie más Carlos Laínez que nunca. Inventos para hacer feliz, para luchar contra el tedio circundante, para hacernos reír -al menos para sonsacar la sonrisa a los tristes-, para convertir la ciencia en un festivo alambique donde se destilen despropósitos, donde las sombras tengan luces, donde a los planetas se les alcance con la mano del alma.

Con sus objetos, con sus inventos salidos de la poderosa Factoría Laínez, Sloan acerca lo fácil y lo difícil, lo bello y lo feo, lo triste y lo alegre; con él los contrarios están juntos. Su producción es diferente porque lo habitual aburre.

Con esta nueva comparecencia Carlos Laínez nos vuelve a llevar por la fresca luz de una obra inteligente, sabia, distinta y, por supuesto, convincente. De nuevo, Carlos Laínez nos deja un sabio regusto de un arte que, con creadores como él, siempre existirá un lugar para la esperanza.

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