Literatura

La invención del Oriente

  • La editorial Almed descubre la extraordinaria biografía de Jane Digby, aristócrata londinense cuya azarosa vida terminó en Damasco, desposada con un beduino

Según Edward W. Said, el concepto de Oriente es una creación occidental, una necesidad de las potencias coloniales para datar y escriturar aquella difusa orografía. Así, la ensoñación exótica, el costumbrismo pintoresco que el XVIII y el XIX atribuyeron a lo oriental, llevaban tras de sí una urgencia económica, una sutil disputa entre imperios emergentes (Gran Bretaña, Francia y Alemania), cuyo dominio pasaba por un conocimiento exhaustivo de cuanto pensaban colonizar y, de hecho, colonizaron. Recordemos a Champollion descifrando la piedra Roseta; o a Napoleón, inesperado señor de las pirámides. Recordemos, asimismo, la abultadísima colección de títulos y autores que transitaron e inventaron un Oriente legible para la multitud lectora, sedienta de aventura, que fatigaba las metrópolis europeas: Lamartine, Flaubert, Nerval, Gautier, Renan, la Salomé de un Oscar Wilde maldito y orientalizante, el De París a Jerusalén de aquel católico amargo y genial que fue François René de Chateaubriand, vizconde de lo mismo.

Digo todo esto, y perdonen la manera de distraer, para que se vea el poderoso influjo de lo exótico que, durante dos siglos, movió al mundo civilizado, no sólo a la codicia, pero también al misterio, a lo extraño, a una inconcreta lejanía, y en suma, al conocimiento derivado del siglo de la Ilustración y a la pasión viajera del Romanticismo. Ahí, y no en otra parte, hay que situar la extraordinaria vida de Jane Digby, hermosa aristócrata de la City, cuya azarosa biografía terminó en Damasco, desposada con un jeque beduino, no sin antes haber transitado numerosas alcobas principescas y algún que otro diván regio. En la Introducción, firmada por Ana Rosa Quintana, se abunda en esta faceta de mujer altiva, libre, insumisa, que le llevó a ocupar las primeras planas de los diarios en 1830 por su divorcio de Lord Ellenborough, Lord del Sello Privado en el gobierno Wellington, que antes se había declarado en contra del divorcio del rey. Sin embargo, es en su faceta de mujer cultivada, curiosa, brillante, sometida a la fascinación romántica del siglo, como podemos comprender en su totalidad una vida vertiginosa, quizá atropellada, sin duda excitante, en donde la inusitada curiosidad por el hombre, por el amante, por el extraño, da una medida del espíritu libérrimo que dirigió los pasos de esta singular dama. Dama, como ya se ha dicho, que nunca se conformó con cambiar de acompañante; sino que allá donde fue, igual que antes otros viajeros, dató con minuciosidad, en cuadernos y dibujos, cuanto de extraño y olvidado, cuanto de nuevo y sorprendente, halló en su camino. No mucho tiempo después de su muerte, T. E. Lawrence lucharía junto a las tribus árabes, descendientes de aquellas que comandó su marido, contra el imperio de la Sublime Puerta. Y fue el capitán Burton, el legendario traductor de Las Mil y Una Noches, quien compartió amistad y confidencias con Jane Digby en los atardeceres de Damasco. Confidencias de índole sexual, que sirvieron para completar su famoso y controvertido Ensayo Final, que acompañó a una edición muy reducida de las Arabian Nights de Burton, el más apasionado y certero de sus traductores, a juicio de Borges, por encima de Littmann, de Lane y de un pacato Galland.

Sea como fuere, la historia de estas páginas, cuya autora es la británica Mary S. Lovell, está resuelta a la manera anglosajona de la quest, es decir, en el acopio y desarrollo de una información tan abundante como ordenada, cuyo canon podría ser el En busca del Barón Corvo de Symons, y no como un ensayo a la manera continental, cuyo ejemplo más notorio podría ser el Baudelaire de Sartre. Fue allí, en la Francia que vio nacer a monsieur Jean-Paul, donde otra mujer, de amantes numerosos y destino trágico, trajo por última vez el misterio del Oriente, su voluta barroca, a la ordenada sociedad continental. Se llamaba Margaretha Zelle, pero el siglo la conoció como Mata-Hari. Con ella, con su baile de Invocación de Siva en la biblioteca del Museo Guimet, en el París de 1905, tal vez se cerrara el ciclo abierto por Digby medio siglo antes. Así, aquel Oriente salido de las bibliotecas, regresaba a ellas en forma de danzarina frágil, tentadora, giróvaga y desnuda.

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