Felipe Benítez Reyes. Escritor

"Me interesa el humor como recurso ante las cuestiones graves"

  • El autor presenta su última novela esta tarde en el Baluarte de Candelaria. 'El azar y viceversa' supone un acercamiento moderno al género de la picaresca.

-Han pasado diez años desde 'Mercado de espejismos', su anterior novela, con la que obtuvo el Premio Nadal. ¿Cómo ha sido el proceso de creación de 'El azar y viceversa' ?

-Esta novela ha tenido un proceso complejo y dilatado, con muchas revisiones y modificaciones. También con algunos pasos en falso. Cada libro impone su ritmo de escritura, y el de este ha sido especialmente lento. Requería unos equilibrios muy ajustados. Por otra parte, a estas alturas ya no hay prisas.

-La percha de esta novela es la picaresca, a la manera del Siglo de Oro o de los clásicos ingleses del XVIII. Incluso hay un maestro medio ciego, hambre rampante y, sobre todo, mucho humor. ¿Qué ha supuesto este planteamiento respecto a otros trabajos?

-La narración está acogida claramente al patrón de la novela picaresca, incluso en el tono. Es la historia de un menesteroso que se ve obligado a desempeñar muchos oficios, sin capacidad de elección, por mera imposición de la necesidad, y que acaba sirviendo a muchos amos. Hay guiños muy claros al Lazarillo, por ejemplo. Y me gustaría pensar, un poco vanidosamente, que la rige un espíritu dickensiano.

-Llama la atención el lenguaje del narrador que, siendo actual, tiene un tono, una forma de contar, clásicos.

-La historia está contada en primera persona, con el propósito de dotarla de más verosimilitud y de más cercanía. Procuré que el lenguaje hibridase giros clásicos y modos contemporáneos, contrapesando lo culto con lo popular, la frase de gran vuelo retórico con el exabrupto, lo vulgar y lo lírico. Y, sobre todo, y a pesar de que hay mucha voluntad de estilo y de crear un lenguaje muy literario, procuré que el tono fuese coloquial. Artificiosamente coloquial.

-La Rota de los años 60-70 es el escenario de la primera parte de la novela. ¿En qué manera configuró la presencia norteamericana la realidad social de la época?

-La Rota de mi infancia y adolescencia era un sitio anómalo y exótico, aunque para nosotros era el más normal del mundo. La base transformó por completo no sólo la estructura social del pueblo, sino también sus escenarios. Cuando visitaba los pueblos vecinos de niño, me resultaba muy raro lo pequeños que eran los coches, que no hubiera letreros en inglés, que no anduvieran por la calle soldados guiris del brazo de muchachas extranjeras, que los niños no jugasen al béisbol… A los trece o catorce años, mis ídolos eran Jimi Hendrix y los superhéroes de los tebeos de Marvel. Y la emisora de radio que oía era la de la base, en la que sonaban los discos recién editados en EEUU.

-Al ir leyendo sobre ese ambiente, me daba la impresión de estar viendo un escenario (rebajado) parecido al Salvaje Oeste (buscavidas, putas, trapicherío, existencias límite y seres liminales...) Que también fue, al fin y al cabo, frontera y tierra de nadie.

-La Rota de los 70, tal como la recuerdo, era una especie de fantasía colectiva. La base militar creó mucho trabajo, pero también se convirtió en Eldorado de algunos buscavidas, de timadores de medio pelo, de vendedores callejeros de joyas y de drogas, de estraperlistas, de chicas que venían de medio mundo en busca de clientes o de amores eternos…. Había, digamos, una realidad normalizada, claro está, pero también un submundo. Y, a efectos literarios, los submundos dan más juego.

-También aparece Cádiz como escenario. ¿Hay lugares más dados a la picaresca que otros?

-La novela tiene varios escenarios: Rota, Cádiz, Sevilla, la sierra gaditana y Jerez de la Frontera. La segunda parte de la novela transcurre íntegramente en Cádiz, a principios de la década de 1980. Quise recrear el ambiente de la ciudad que conocí cuando llegué allí como estudiante universitario. Una recreación que me permitiera presentarla como un escenario vagamente irreal, con algo de teatro de un sueño. Con elementos también de ilusión gótica.

-Uno de los tramos más tenebrosos es la descripción de esa especie de retiro jipi en la Sierra...

-Es muy de la época. Esa mezcla tan pintoresca de flower-power y de religiosidad hindú… Siempre me ha llamado mucho la atención el cosmopolitismo espiritual. Un vecino tuyo que, de pronto, encuentra la verdad reveladora en las enseñanzas etéreas de un santón de Bombay, por ejemplo, sin necesidad de haber estado en Bombay ni de haber visto al santón más que en pintura, aparte de haber leído sus libros en una traducción sospechosa. Sólo con la ayuda de una camisa de bambula y de un par de porros… Ese es tal vez el gran misterio de la espiritualidad: hipnotizarse a uno mismo.

-Una de las claves de la picaresca es el humor como recursos ante la gravedad. Lección principal, también, ante la vida.

-El concepto de "humor" admite muchas variantes. No me interesa como método para hacer reír, el humor de secuencia cómica, sino como un recurso para formular de una manera inesperada incluso las cuestiones más graves. Nuestro pensamiento puede ser ridículo o absurdo, y eso también hay que contarlo, y ese relato suele provocar una sonrisa o incluso una carcajada, lo que no quiere decir que sea tan humorístico como parece.

-"Uno es una marioneta no sólo en manos del azar, sino en manos de sí mismo, que suele ser lo más peligroso". ¿Esa es la viceversa del título?

-El título de la novela no tiene mucho sentido… y viceversa. ¿Qué es lo contrario del azar? ¿La voluntad tal vez? Pero es posible que la voluntad también sea misteriosamente azarosa. No sé. Es como lo del yin y el yang. Lo distinto y lo complementario, aunque no entendamos ni lo uno ni lo otro. Algo así.

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