El hombre y su quimera La asombrosa y emocionante vida del cine

  • De la condición humana. De dónde venimos. Qué somos. Adónde vamos. Son las preguntas universales, las mismas que se hizo Gauguin en su último cuadro, retomadas ahora por el científico Edward O. Wilson como hilo conductor de un nuevo ensayo de gran ambición divulgativa

Edward O. Wilson. Trad. Joandomènec Ros. Debate. Barcelona, 2012. 381 páginas. 23,90 euros

La idea central de esta obra es una doble condición quimérica del hombre. Quimérica porque la especie humana es resultado de dos instintos en liza: el instinto individual y aquellos de carácter gregario; y quimérica también por cuanto el hombre, su propio desarrollo técnico, ha conducido a una grave merma del mundo en el que habita. A la segunda de estas Quimeras, el biólogo Edward O. Wilson opone una solución científica, "una nueva ilustración", que impida el rápido deterioro del planeta. Para la primera, sin embargo, no existe solución posible. El hombre, su larga historia evolutiva, es el extraño producto del ambas tendencias. Sin el egoísmo, sin una genética de la conservación, parece que la creatividad y el genio individual -la evolución, en suma- no serían posibles. Sin la propensión al altruismo, la especie como tal quizá no habría sobrevivido.

Wilson se sirve del último cuadro de Gauguin, De dónde venimos. Qué somos. Adónde vamos, para ilustrar el contenido de estas páginas. Páginas de ambición divulgativa, cuya dificultad estriba en aplicar un complejo número de conocimientos (genética, biología, matemática, arqueología, paleontología, etcétera) a un relato claro y coherente de los hechos. El resultado, en cualquier caso, es satisfactorio. La conquista social de la Tierra es una narración solvente y razonada de la evolución humana, de sus condicionantes genéticos y de su probable futuro como especie. Quizá el mayor acierto de esta obra sea el de exponer, sencillamente, los modestos avances que convirtieron a un remoto mamífero en un sofisticado primate dotado de habla. Dichos avances, producto de una azarosa y dilatada selección evolutiva, son la estructura bípeda, los miembros prensiles, la vida en grupo, la domesticación del fuego, el reparto del trabajo, la alimentación carnívora y la cocción de alimentos. Esto significa, según Wilson, que la vida inteligente, que la evolución compleja, es fruto de la condición terrestre del homo sapiens, imposible en el hábitat acuático (el inteligente delfín, tan amistoso, no puede fabricar utensilios con sus aletas). También indica, no sin ironía, que los maestros de la ciencia-ficción, muy dados a figurar la amenaza extraterrestre como entidades viscosas, ignoran por completo los rudimentos de la evolución, que necesita de uñas planas y dedos hábiles para domesticar su medio. Obviamente, quedan fuera de esta explicación los complejos conocimientos técnico/científicos que han llevado a tales conclusiones. Aun así, Wilson no deja de mencionar las diversas teorías que han ayudaron a revelar los actuales avances sobre el proceso evolutivo.

Eso en cuanto al De dónde venimos. Qué ocurre, sin embargo, con la cultura, con el idioma, con la religión, con las manifestaciones más propias del ser humano. Qué ocurre con el libre albedrío, con la predisposición genética, con el Qué somos. Ortega, a primeros del XX, señalaba que la naturaleza del hombre, a diferencia de otros animales, consiste en no tener naturaleza. El hombre, decía Ortega, es una flecha sin destino. Wilson matiza mucho esta idea para llegar, en cierto modo, a la misma conclusión del madrileño: "Yo soy yo y mi circustancia". Las circunstancias de Wilson, no obstante, son ya circunstancias genéticas, que conducen y acotan, que prefiguran la naturaleza humana sin agotarla. El libre albedrío, concluye el biólogo, es una predisposición de los genes. También lo son el honor, la cultura, la religión, el lenguaje y todo aquello que, de un modo u otro, contribuye a la preservación y el dominio de la especie. Dicha predisposición, en cualquier caso, no significa un mandato; implica, principalmente, una facilidad, una propensión de la que el hombre hace uso en su propio beneficio. Lo cual, unido a su excelente memoria, hacen de la especie humana esa quimera tribal, violenta e imaginativa de la que se habla en estas páginas.

Cabe, sin embargo, una última pregunta, relacionada con el Adónde vamos. ¿Existe también una predisposición genética para esquivar el peso de ese fardo atávico? ¿Puede "la nueva ilustración" que propone Wilson eludir el cerco del tribadismo, del carácter gregario, de la voracidad, del egoísmo, de la violencia ingénita de nuestra especie? ¿Es el libre albedrío, en definitiva, lo suficientemente libre?

EEUU, 2012, Aventuras, drama. 125 min. Dirección: Ang Lee. Guión: David Magee (Novela: Yann Martel). Música: Mychael Danna. Fotografía: Claudio Miranda. Intérpretes: Suraj Sharma, Irrfan Khan, Rafe Spall, Tabu, Adril Hussain, Shravanthi Sainath, Ayush Tandon, Vibish Sivakumar, Gérard Depardieu. Cines: El Centro, Bahía de Cádiz, Bahía Mar, San Fernando Plaza, Las Salinas, Victoria, Al-Andalus, Yelmo, Ábaco Jerez, Multicines Jerez, Cinesa Los Barrios.

Yann Martel es un escritor canadiense que ganó todos los premios con su novela La vida de Pi, publicada en 2001. Antes había sido rechazada por cinco editoriales. Se comprende. Inspirándose en una novela del brasileño Moacyr Scliar, Max y los felinos, La vida de Pi trata de la supervivencia de un joven tras el naufragio del barco en el que su familia, propietaria de un zoológico en la India, viaja con algunos de sus animales rumbo a Canadá. Tras el naufragio se encuentra en una barca, perdido en el Océano Pacífico, en compañía de un tigre, una hiena, una cebra y un orangután. Al final quedarán solos el tigre y él, compañeros de aventuras que funcionan como metáforas sobre el duro oficio de vivir. Y la más aún dura tarea de otorgarle sentido para que no sea una mera supervivencia. Para colmo de males -desde el punto de vista de las editoriales, naturalmente- todo tiene un trasfondo espiritual, porque el joven busca Dios a través del hinduismo, el cristianismo y el islamismo. Y no se trata del sincretismo posmoderno que reduce las religiones a autoayuda, sino de una reflexión seria sobre la experiencia espiritual. Todo ello le valió los cinco rechazos iniciales.

Tras su publicación y su éxito se convirtió en una pieza codiciada, pero difícil, para el cine. Una cuestión imposible sin el auxilio de las técnicas digitales. Y aún así una empresa arriesgada. En esto apareció Ang Lee. El resultado es una obra maestra que además impulsa la creación cinematográfica. Desde que Kipling escribió El libro de la selva en 1894 nadie ha contado una historia más hermosa que un hombre y una bestia en una metáfora sobre ese duro oficio del vivir. Desde que los hermanos Korda la filmaran en 1942 el cine no ha mostrado de forma más conmovedoramente convincente una historia tan fantásticamente verdadera y tan difícil de filmarse. Hay lección en ello. Los Korda que pusieron en imágenes el relato del inglés Kipling eran húngaros. Y quien ha realizado esta prodigiosa versión de la novela del canadiense Yann Martel es un chino taiwanés educado en los Estados Unidos. ¿Y qué? Frente a la papilla global está su opuesto: el cosmopolitismo culto que permite penetrar en otras culturas a partir de la propia.

Este cosmopolitismo culto, como acicate de su gran talento, es lo que ha hecho la fortuna de Ang Lee. Está cómodo en la comedia sentimental con ribetes de denuncia y drama (El banquete de bodas, Comer, beber, amar), las artes marciales (Tigre o dragón), el drama (La tormenta de hielo), el western (Cabalga con el diablo), el cómic (Hulk), una de las mejores lecturas que el cine haya hecho del delicado universo de Jane Austen (Sentido y sensibilidad) o el melodrama homosexual (Brokeback Mountain). Y, lo que es más importante, es siempre él mismo, existen continuidades temáticas y estilísticas entre tan diversas películas. Es eso que se llamaba un autor.

En La vida de Pi demuestra que la técnica en cine no es nada si no tiene un uso creativo. Frente a tanto disparate digital ruidoso en 3D, Ang Lee utiliza la imagen virtual y las tres dimensiones para volcar recrear de forma apabullantemente real, a la vez que fantástica y llena de magia, la fábula de Yann Marten. Las nuevas técnicas son para él lo que fueron la película pancromática para Dreyer, la profundidad de campo para Welles, el Cinemascope para Mann, el Todd-Ao para Lean o la imagen virtual para Spielberg: recursos para crear. Cuando la tormenta y el naufragio abren el asombroso corazón de la película, la imagen digital y el 3D son usados para narrar, para crear, para emocionar, para otorgar sentido, para asombrar. La vida del cine.

La historia de Pi y el tigre sirve también a Lee -siguiendo con fidelidad creativa la novela- para plantear una poderosa reflexión sobre los límites y las posibilidades de la narración. Porque esta entretenida, emocionante, espectacular y a ratos terrorífica meditación sobre la aspiración de trascendencia, la supervivencia, la crueldad, la amistad o el ingenio es también un ensayo visual sobre la capacidad del cine, cuando la técnica se pone a su servicio en vez de servirse de él, para crear mundos en los que el espectador se sumerge con absoluta participación emocional. Lee demuestra que la magia del cine -no su truco- aún es posible. Y que a través de ella no se engaña, porque no se trata de ilusionismo: se cuentan historias inolvidables que tratan de la vida, de nuestras vidas. Con imágenes tan poderosas como las de esta película.

La vida de Pi es por ello una hazaña poética lograda a través de la técnica. Avatar fue sólo técnica. Por eso La vida de Pi es cine y ella fue espectáculo de feria. Posdata: durante las escenas de la tormenta pensé que urge que este hombre filme una novela de Conrad. A ser posible Lord Jim (¿imaginan el pánico a bordo del Patna rodado así?).

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