Una historia oriental

  • José Luis Serzo cuenta a través de diversas técnicas la vida de un niño chino

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La Diputación gaditana abandona sus buenas costumbres. Desde hace meses no ofrece ninguna exposición artística en el Claustro del Palacio Provincial, que ciertamente venían siendo un destacado referente para la actividad, no solo pictórica, ciudadana. Las sustituye por otras de carácter documental y propagandístico.

Pero, al menos, en su reducida Sala Rivadavia de cuando en cuando, como en la ocasión presente, se muestran obras y artistas de verdadero interés.

José Luis Serzo (Albacete, 1977) es un joven artista multidisciplinar. Pintor, dibujante, fotógrafo, objetor, ("objetor" : artista que fabrica o elabora objetos con intención estética), pone todas esas disciplinas al servicio del relato de una historia, siendo así que cada exposición individual suya viene a ser, más o menos, la ilustración de unos hechos imaginarios y fabulosos, escritos por él mismo.

Si el resultado es atractivo y brillante, no conviene que ello precisamente oculte lo esencial subyacente. Y esto, como intentaré explicar, se basa en dos características de su pintura. Vemos aquí a un joven pintor figurativo que narra historias. Para que su relato sea creíble visualmente, necesita articular cada escena recurriendo a los procedimientos que desde el siglo XV se usan entre nosotros para hacer verosímil una visión, destacando entre ellos el "ilusionismo" creador de diferentes zonas, desde la lejanía de los fondos hasta los planos más próximos al espectador. Esto dicho así puede parecer una obviedad, pero si bien se mira contradice uno de los principios básicos de la pintura contemporánea: el deseo de planitud, que en frase de Robert Hughes es "la quintaesencia de la estrategia-pictórica-moderna". Desde el Postimpresionismo hasta aquí se ha ido cumpliendo este empeño, destacado también por Greemberg: El cuadro debe ser sólo forma y color dispuesto con un cierto "orden" sobre la superficie plana del soporte.

Dotando a sus escenas de una profundidad verosímil, Serzo toma una posición. Actúa como un pintor premoderno. Esta premodernidad se agiganta y magnifica, además, con su intención narrativa. Si la pintura moderna debía ser "plana" tampoco debía referirse, y mucho menos narrar, nada ajeno a si misma, a su materia y procedimientos. Nuestro artista hace todo lo contrario. Narra, cuenta, imagina, comunica en sus obras, poniendo al servicio de esas ideas un torrente de imágenes perfectamente pintadas.

En su anterior cita individual (Galería Siboney, Santander, 2007), ya se mostraba, siguiendo esos derroteros imaginarios, como rara avis dentro de la "pintura- pintura" española, tan apegada tradicionalmente a lo real y táctil, marcando su lugar entre los pocos y casi desconocidos, en su mayoría, pintores españoles de lo fantástico: Luis Sáez, José Viera, José Hernández y Pérez Villalta, entre otros. Pero el "caso Serzo", afortunadamente no es una singularidad. Como venimos constatando desde hace unos años, germina entre nosotros una joven "banda de premodernos", que sin desechar los procedimientos técnicos actuales, vuelven a la tradición para concebir y ejecutar sus obras. ¿Es ello un síntoma subterráneo del cambio de las mentalidades…?

Dicho esto, la exposición gaditana de Serzo relata una historia oriental. La del niño chino I Ming. Aventuras y lances que pueden tener una clave alegórica, que supera cuanto de anecdótico contenga la serie, en la que mezcla y une con dominio referencias diversas, unas procedentes del alud de imágenes más o menos "artísticas", cinematográficas o comerciales de las que hoy se dispone, con otras de origen mas culto… ¿Quién diría que el pequeño retrato del Invisible Boy no es una de esas tablillas flamencas descubiertas en las salas de un museo solitario, que está junto a un canal helado…? Allí.

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