"Más que gusto por viajar, lo que hay es gusto por poner banderitas"

  • Lasa narra en su último libro, 'En Noruega', su recorrido por gran parte de la Península Escandinava · "En la actualidad -afirma- hay una equivalencia errónea entre viajar, moverse y desconectar"

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Los pies de León Lasa (Sevilla, 1961) sienten inercia hacia las tierras de frío. Viaja a la antigua, caminando y sin compañía, y lo hace siempre a lugares de hielo y silencio. A su letras vivas de Irlanda y Patagonia, le ha seguido su recorrido por Noruega y el borde del Ártico europeo. El mismo título del libro En Noruega (Almuzara), rinde homenaje a otros dos autores de lo gélido (el En la Patagonia de Chatwin, y En Siberia, de Thubron).

-La del Hurtigruten, la ruta que recorre la línea del expreso de la costa en Noruega merece la definición de la ruta marítima más hermosa del mundo. ¿Es para tanto?

-A mí, al menos, así me lo parece. El Hurtigruten realiza la travesía de una antigua línea marítima que recorría desde Bergen hasta Kirkenes. Te permite contemplar fiordos, grutas, bosques y cruzar el Círculo Polar Ártico con la comodidad y seguridad de este tipo de barcos.

-También recorrió a pie zonas de Finlandia y Laponia... ¿no lo miraban raro?

-(Risas) No, realmente. El norte de Finlandia y de Noruega, donde se extiende Laponia, es una zona muy deshabitada y la gente vive muy en contacto con la naturaleza. Hoy en día, casi te pueden ver más como un bicho raro si vas andando por la ciudad, que está dominada por el coche, que si te ven caminando por alguno de esos lugares.

-¿Cómo fue el contacto con la cultura sami?

-Bueno, como casi todo el mundo, yo llevaba una idea equivocada de los sami. El pueblo sami está dividido entre cuatro estados, y actualmente está muy adaptado a las costumbres modernas. No es tan fácil, por ejemplo, distinguirlos del resto de población en cuanto a rasgos físicos, y están ya muy influidos por las costumbres nórdicas.

-Quien quiera introspección y alejamiento del mundo, ¿que olvide el Tíbet, que se vaya a Laponia?

-Sí pero, sobre todo, quien quiera introspección haría bien en seguir la máxima de Pascal, el filósofo francés, que decía que todos los problemas del hombre vienen de no saberse quedar en su habitación a solas. No sabemos apagar el móvil y desconectar. No hay necesidad de ir a ningún sitio para desconectar, aunque si además puedes pegarte una escapada a Laponia o al norte de Canadá, pues estupendo. En la actualidad, hay una equivalencia errónea entre vacaciones, moverse y desconectar, como si estos tres factores estuvieran relacionados. Cuando, en realidad, uno puede irse de vacaciones en la propia ciudad, y desconectar en el barrio en el que vive. En cambio, hay gente que no desconecta ni en la Patagonia.

-¿Y a qué viene, entonces, ese afán por moverse?

-A que el propio sistema lo demanda. La industria del turismo es potentísima y luego está el tema de la notoriedad social: si te quedas en casa un fin de semana, eres un looser. Yo abogo cada vez más por viajes largos, más que por escapadas cortas, incluso medioambientalmente: cruzar el Atlántico para escaparte siete días me parece un despilfarro.

-¿Cree que hay gusto por viajar?

-Más que gusto por viajar, hay gusto por escapar e ir poniendo banderitas en el mapa. Viajar no es ir tres días a Praga y Budapest. Se puede ir a la Patagonia desde casa, con un buen libro, y probablemente se aprendan así más cosas que viendo el Perito Moreno en dos días. Luego está esa diferencia entre Primer y Tercer Mundo: el lugar de nacimiento determina qué es lo que vas a hacer en tu vida, si viajar o emigrar.

-Pensando como los pájaros, en latitudes como la nuestra, lo lógico sería tirar al Norte. Pero no es así. Los destinos principales reúnen sol, playa y exotismo.

-Yo pienso igual, por eso mis viajes son siempre al frío: quizá sea por el miedo a lo desconocido. Probablemente, un andaluz se sienta más cómodo en Grecia o en Brasil que en el norte de Canadá o en Noruega. A esto se suma, por supuesto, el poco dominio de idiomas.

-¿Podemos llegar a morir de chauvinismo?

-Sí es cierto que aquí somos muy chauvinistas, pero lo que viene a traslucir ese mirarse al ombligo es un complejo de inferioridad. Cierta inseguridad. En Andalucía, en España en menor medida, nos faltan muchos kilómetros de Interrail y de idiomas. Hay que aprender que tenemos cosas estupendas, pero que también las hay en otras partes, abandonar ese cierto landismo... A la gente joven habría que soltarlos con una mochila, con dieciocho años, y que regresaran en un mes. Yo ya andaba con el Interrail con mis amigos en los setenta, cuando aún no había nadie por ahí.

-¿Y cuáles son los siguientes países de frío?

-Pues barajo dos sitios: uno, la Antártida, pasando por las Malvinas, desde Buenos Aires, con las Shetland del Sur y las Georgias. El otro, Canadá de costa a costa, con extensión a Alaska.

-Algo a contemplar para el próximo puente...

-Pues sí -bromea-. Por ejemplo.

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