La guitarra escondida

  • Juan Carlos Romero ha alumbrado una nueva obra mayor con su cuarto disco como solista en 20 años, un homenaje a sus maestros desaparecidos

Paseo de los cipreses

Juan Carlos Romero. Producido por Juan Carlos Romero y Jesús de Fariña. Nuba/Karonte/Twolovers

Lo que sorprende y singulariza a la guitarra de Juan Carlos Romero es la naturalidad pasmosa de su sonido, lejos de la sofisticación del toque contemporáneo. Parece que Romero usa los mismos mimbres que los demás guitarristas actuales: sobrias percusiones, bajo eléctrico y algún contrapunto melódico, en este caso el bandoneón de Mercadante, apenas en la rumba que da título a la obra. Pero el resultado sigue siendo eso, sorprendente, singular. No es una guitarra artificiosa, ni virtuosa. La melodía de la rumba es aún más vaporosa que en otros ejercicios por este palo del propio Romero. Tampoco encontramos la contundencia tan habitual en la guitarra flamenca de hoy. No hay énfasis. No hay, aparentemente, deseo de conquistar o seducir al oyente. Tan sólo, una voluntad de comunicación. De contar cosas: en este caso la traducción de emociones muy intensas, las que provoca la ausencia. Porque este disco es una crónica de muchos duelos. Si la rumba es una evocación de Antonio Moreno, técnico habitual de Romero, la bulería recuerda al maestro Paco de Lucía. En De Lucía y Romero se ha dado una especie de convergencia hacia un mensaje sencillo, franco, directo, que podemos escuchar en las últimas obras del genio de Algeciras, como en esta bulería que le propone Romero. El de Huelva es un solista raro y por eso más necesario. En tiempos de guitarras clónicas, escuchar una voz personal en las cuerdas es una auténtica alegría para el cuerpo. Además de unas falsetas directas y emotivas, la bulería paquera ofrece unos riffs muy brillantes, siempre en la línea de austeridad que es la seña de identidad de Romero. En realidad Romero vive, se expresa, es él mismo en estos ostinatos deliciosos. Aquí está su casa, su patria. Aquí su alma se muestra, se abre de par en par. Y parece que las falsetas son una mera excusa para llegar hasta la misma frase musical de marras. A veces el mensaje es tan directo que necesita de la pura cuerda pelá para expresarse. El camino hacia los tuétanos comienza en la piel. Pero Romero está muy cerca de la estación de llegada. Y lo demuestra en este disco, una nueva entrega mayor de la guitarra contemporánea.

El dedicatario de los tangos es Félix Grande. Pero da igual. Da igual que Romero se exprese por bulerías, tangos o granaínas. Cada uno de los toques de esta obra posee coherencia dentro de una propuesta homogénea, de un mensaje claro, clarísimo, en ocho partes, en ocho entregas. Pero todas ellas dicen lo mismo. Señalan, como decía arriba, el dolor de la ausencia. Y también su serenidad, la inevitable, pero tan difícil, conformidad con él. En el corte canastero podemos escuchar además la voz rota y dulce de Pedro el Granaíno. El vals flamenco, naturalmente, es un recuerdo al Niño Miguel, que también se fue hace poco. Es una de las grandes composiciones de este guitarrista genial y fugaz, uno de los más influyentes del toque onubense, aunque de orígenes almerienses. El vals se inicia con un acorde extraño, que nos clava en el asiento, en la butaca. Para irse luego, desnudo, por la parte rítmica. Romero subraya, aún más, la sencillez y la rareza del original, con unos curiosos arreglos de Jesús Cayuela. El Niño Miguel desprovisto de sus oropeles, en su prístina esencia. Y Romero descubre, con su mirada, nuevos matices sobre una melodía mil veces oída, en cientos de versiones. Romero huye de los subrayados originales para cargar las tintas en lo que más le gusta, en esos pasajes que, con la apariencia de ser de transición, contienen lo mejor del intérprete. Lo mejor de los arreglos, con perdón, es que casi no se oyen. Pero estaban en el original y por eso están aquí. Pero se asoman con un pudor desarmante. Y así, la pieza se va, sin sentir, cuando menos lo esperamos. Como el disco, apenas 30 minutos. Como todo.

Las granaínas son para Enrique de Granada, el Ronco del Albaicín Morente. Romero se aleja del fragor del ritmo y se descubre frágil, roto pero vivo, huérfano y sereno. La guitarra se hace dura, se vuelve piedra, grita llena de ira para luego asomarse, vencida y morosa, al llanto. Esta granaína es un invento feliz de Romero que, a pesar de mostrarnos como señuelos algunas de las señas de identidad del toque, como el glissando, nos toma de la mano para llevarnos donde quiere. A la libertad plena, sin ataduras, sin miel pero sin rencor, del trémolo. Se acabaron las prisas y las amistades, la guitarra se muestra sola, solipsista y solista en todo su esplendor. Y, de repente, todo se va como había venido. Sin sentir.

Y la taranta para el padre, quizá el mensaje hacia el que todo conduce. Pues figuras paternas representan los demás homenajeados. Pero el hueco que se siente es el del padre. La lágrima paterna tiene forma de taranta, como no podía ser menos. Comienza Romero muy explícito, muy elocuente. Pero pronto, en la segunda frase, ya empieza a romperse, asomándose por el bosque proceloso de lo ignoto. Nos muestra, de repente, lo poco que sabemos, lo ilusorio y también lo cierto. De esta manera, rompiendo con las fronteras por lo humano, rompe Romero las fronteras del flamenco y nos propone algo más. Algo que se escapa a todo cuanto han dicho antes los héroes de la guitarra. Romero se conoce, sabe quién es, sabe de quién es. Por eso habla con voz propia de lo que se ha muerto. Y muestra su asombro ante esta certeza, la de la ausencia. La guitarra tímida, pudorosa, escondida, se abre aquí de par en par. Y eso, claro está, es una lección para el que la quiera aprovechar. Y no me refiero sólo a los jóvenes intérpretes de la sonanta de hoy.

Todo esto tiene una recapitulación que toma su título de un verso de Antonio Machado, otro experto en ausencias, Se canta lo que se pierde. Una pieza "libre", según su autor, tres minutos de éxtasis. Una joya sublime que no queremos que acabe. Tan simple, tan rotunda, que nos da la vuelta. Comparten estética Machado y Romero: vale más el corazón al desnudo que los oropeles, más la música que la musicalidad. Y un epílogo. Una vuelta al ritmo, a la alegría, al camino, que se llama La vida al encuentro.

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