La eterna carpintería teatral

Francis Veber ha sido muy conocido entre nosotros por sus obras teatrales La cena de los idiotas, El juego de los idiotas y Salir del armario, con sus correspondientes adaptaciones cinematográficas. Pero su trayectoria es más amplia, arrancando desde los años 70, donde ha simultaneado escritos tanto para la pantalla como para la escena. En alguna ocasión se ha puesto al otro lado de la cámara dirigiendo sus propios filmes. Todo esto lo ha convertido en uno de los reyes del teatro y del cine más popular en nuestra vecina Francia.

Es un heredero del teatro del "boulevard" que tanta tradición tiene en la escena gala. Enredos, puertas que se abren y se cierran y armarios donde esconder a los visitantes molestos. Pero Veber ha sabido evolucionar el género y sacarlo de las chicas ligeras de ropa y de los burgueses ocultando a sus amantes ante las inesperadas visitas de sus esposas. Ha modernizado las tramas, pero la estructura sigue siendo la misma, dotada de esa vieja carpintería teatral enredando a los personajes que se resiste a desaparecer como un elefante blanco.

Aquí un amigo es una buena muestra de esto. Es una antigua obra de Veber que sirvió de base a Billy Wilder para despedirse del cine en 1981. La trama une en dos habitaciones contiguas de un hotel a dos sujetos. Uno es un fotógrafo logorreico y deprimido porque su mujer le ha dejado. El otro es un asesino profesional que va a disparar desde su ventana a un capo de la mafia que va a irse de la lengua ante el juez.

Al haber una puerta de comunicación entre ambos cuartos, el lío está servido cuando sus existencias se mezclen. Como es propio de estas obras, hay un crescendo en personajes y situaciones hasta el clímax final.

Hay que agradecer a Francis Veber que huya del moralismo que es propio del género, con un final abierto donde el bien no triunfa precisamente. Como ocurre en su obra, un sujeto bastante insoportable es capaz de derrotar a uno en teoría más listo siendo un pesado mayúsculo. Un tortuoso triunfo del hombre común.

La obra es honesta, pues no engaña a nadie con su propuesta de hacer pasar al público un rato divertido. Y lo consigue, pues la trama es ingeniosa y los actores están entregados, a pesar de algún chiste demasiado fácil y algún personaje demasiado del "teatro de la Gran Vía", como ocurre con la esposa del protagonista. Lo mejor es ver la "deconstrucción" del asesino encarnado por Ramón Langa, desde su elegancia mortífera al principio al confuso guiñapo del final. El que sea la voz española de Bruce Willis da un morbo especial cuando pronuncia sus secas réplicas. Cerrando los ojos, parece que estamos ante una entrega de La jungla de cristal.

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