Cine

La esquizofrenia burtoniana

Tim Burton pasa por ser un gran innovador del cine, un sujeto que en pleno y mercantilista Hollywood de los siglos XX y XXI ha conseguido hacer una obra personal e intransferible. Fue asombroso que con treinta años escasos fuera capaz de hacer que la Warner pusiese en sus manos el artefacto de Batman, cuando sólo tenía el bagaje de algunos cortos y Bitelchus. Pero en realidad este californiano ha sido capaz de mantener la herencia gótica inglesa. Su barrocos decorados remiten a los maravillosos de la Hammer, dónde el peligro acecha en cualquier rincón, pero Burton ha sido capaz de subvertir la herencia de la mítica productora británica, pues ésta era bastante desabrida en sus planteamientos argumentales. Un fuerte lirismo, el que surge de lo diferente, y que lo une al Todd Browning de la legendaria Freaks, da lo mejor de él. Su cumbre lo da Eduardo Manostijeras y Big Fish, con ese hermosísimo final que es una lección de sensibilidad sin sensiblería. Pero como buen goticista se esconde algo terrible que sale a la luz de vez en cuando. Sus oscuras aportaciones al mito del hombre-murciélago, que abrieron el camino a la cuasi nihilista visión del personaje de Christopher Nolan (en cartel El caballero oscuro) y la dureza desesperada de su reciente Sweeney Todd así lo atestiguan. Tal vez a sus 50 años recién cumplidos Burton se encuentre en una encrucijada creativa entre esas dos tendencias que no parece saber conjugar. Es por ello que tal vez ahora le halla llegado el momento de adaptar el Alicia de Carroll, una compleja obra que puede unir en un sólo film esa esquizofrenia burtoniana, que ha producido una filmografía tan estimulante.

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