Una espléndida Binoche abre la Berlinale de la mano de Isabel Coixet

  • 'Nadie quiere la noche' narra la historia de la mujer del descubridor del Polo Norte, que montó una expedición para encontrarse con él

La espléndida Juliette Binoche inauguró ayer la alfombra roja de la Berlinale al frente de Nadie quiere la noche, el hermoso y extremo drama entre hielos árticos dirigido por la española Isabel Coixet, que abrió la caza del Oso del festival. La 65 edición del festival berlinés se inició con una heroica Binoche en el piel de Josephine Peary, la esposa del descubridor del Polo Norte que en 1908 se lanzó tras los pasos de su marido para 'sorprenderlo' en plena expedición.

Las advertencias de los más experimentados colegas de su esposa, en contra de cruzar Groenlandia a punto de empezar la larga noche ártica, no la detienen. No es una incauta, dio a luz a su hija en una expedición, pero intuye que será la última aventura del esposo, cuya gloria quiere compartir.

Arranca así una aventura extrema y una relación inesperada con una mujer inuit -Rinko Kikuchi-, con la que comparte más de lo que desea o imaginó, por encima de que la situación de partida sea la hostilidad hacia un ser al que considera inferior.

"En cuanto leí el guión de Miguel Barros supe que iba a hacer el filme, aunque no sabía exactamente cómo lo lograría. Es la historia del descubrimiento del Polo desde la perspectiva fascinante de alguien que no lo alcanzó, la esposa", afirmó Coixet.

De blanco inmaculado, como las nieves entre las que discurre la película, Binoche explicó que el filme, tal como reza su título, muestra "que nadie quiere la noche, aunque en ocasiones debemos sumergirnos en ella para descubrir quiénes somos en realidad".

La actriz se comportó como el ser real que es y reveló uno de los prodigios del filme: rodaron apenas unas semanas en Noruega, y el resto "fue simulación, hacer como que estábamos tiritando de frío, pese a encontrarnos en un plató de Tenerife, en junio".

En la Berlinale es frase hecha afirmar del primer filme a concurso que con que él se abrió la caza del oso. En este caso la afirmación es incluso literal: la secuencia de arranque es una Binoche abatiendo su primer ejemplar polar con un fusil.

La actriz francesa estará en todo momento espléndida, tanto en ese momento como acarreando su gramófono por el Ártico, compartiendo con la mujer inuit su cubertería de plata o empezando a perder pelo y uñas, puesto que los rigores árticos no respetan exquisiteces.

Una película a la medida de la diva, que engulle con su mirada todo cuanto la rodea, sea Kikuchi -que repite con Coixet- o Gabriel Byrne, el explorador curtido en la nieve que acaba quedando atrás frente a la determinación de Josephine.

Y un filme que permite a Coixet demostrar su dominio de la cámara, su enorme versatilidad o a alergia al anquilosamiento, como ya dejó claro a lo largo de sus sucesivas visitas al festival.

La Berlinale aclamó a Binoche como la diva indiscutible para su primera alfombra roja y acogió a Coixet como a una amiga de la casa.

Era la séptima visita de Coixet a ese festival, desde que en 1996 se estrenó con una sencilla historia de amor, Cosas que nunca te dije, exhibida en la sección Panorama.

Luego entró en competición, en 2003, con un canto a la vida, Mi vida sin mí; y repitió en la sección a concurso en 2008 con Elegy; en 2007 asistió como miembro del colectivo firmante del documental Invisibles; en 2009 integró su jurado internacional y en 2011 exhibió el documental Escuchando al juez Garzón.

Su última visita a la Berlinale fue en 2013 con Ayer no termina nunca, una historia romántica en tiempos de crisis, que acudía fuera de concurso.

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