Ese escultor con el que uno sueña

  • Richard Serra, reciente premio Príncipe de Asturias, reúne una obra llena de monumentalidad

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Me alegro mucho que la Fundación Príncipe de Asturias haya otorgado su prestigioso galardón al escultor Richard Serra, para mí uno de los grandes artistas de la contemporaneidad. La terna formada por el genial director de orquesta napolitano Ricardo Muti, el cineasta español Carlos Saura y por Richard Serra ha debido poner difícil la deliberación de jurado, aunque, para mi modesta opinión, el escultor nacido en san Francisco tiene una mayor trascendencia artística y está en posesión de un historial muy por encima de sus dos ilustres compañeros aspirantes.

Richard Serra es un escultor, escultor; es decir que hace de la obra tridimensional un espectacular desarrollo plástico dejando que la propia materia ejerza una trascendente función. Sus obras, llenas de monumentalidad, de sentido y artístico y de carácter patrocinan un particular y único lenguaje donde, casi siempre, el hierro cortén desarrolla un compromiso conceptual no exento de entidad y emoción plástica. Sus obras, de las que existe un magnífico ramillete en el Museo Guggenheim de Bilbao, nos sitúan en uno de los últimos grandes escultores; en un manipulador de la materia y en un absoluto artista de la forma. Una forma que genera una tensión tan poderosa que llega a transformar el espacio donde se presenta. Múltiples ejemplos de lo que digo se constata y hacen posible el que podamos situarnos ante una especial y nueva concepción de lo que es la escultura monumental. La obra de Serra transforma ilimitadamente los espacios donde se presentan. Sus esculturas - las públicas sobre todo - no están concebidas como objetos de adorno, ni siquiera conmemorativos, suponen la transformación absoluta de los espacios y sus entornos. También someten al espectador a un ejercicio visual profundo, juegan con el sentido de la percepción y llegan a especular con la mirada para buscar nuevos y misteriosos registros. Algo que se pone de manifiesto con los serpenteantes espacios que el autor americano ha generado en las maravillosas piezas que ocupan la sala principal del Guggenheim de la capital de Vizcaya, ciudad que además cuenta con aquella espléndida obra de Richard Serra que ocupaba la antesala a los espacios de la Cartuja de Sevilla durante la Primera Bienal de Arte Contemporáneo.

Jerez, que puede ser la ciudad donde los espacios públicos peor han sido tratados - glorietas patéticas de la Venencia, de la Granja, de la Avenida…, monumentos vergonzantes a no se qué y por qué del carruaje con su apéndice el caballista, de las Cofradías, de Lola Flores, de los bomberos, de la Virgen del Rocío, ¿sigo? - sueña, desde hace tiempo, con unas obras dignas de la ciudad y que quite el mal sabor y el pésimo gusto del que contrató tanto bodrio y de los que las llevaron a cabo.

En estos días, con el Premio Príncipe de Asturias a Richard Serra, nos volvemos a acordar del daño que se le ha hecho a Jerez en esta materia. El escultor americano, que por cierto era de ascendencia española, pues su padre era un mallorquín que había emigrado a Estados Unidos y que trabajaba en unos astilleros, es uno de los grandes escultores del siglo XX y un artista genial con el que te sueñas cada vez que debes volver la cara ante el espectáculo sonrojante de algunos parajes urbanos de nuestra ciudad.

Es, por tanto, un Premio Príncipe de Asturias, con toda la valía; un reconocimiento merecido, justo y necesario del que nos debemos sentir orgullosos todos los amantes del Arte con mayúsculas y mucho más los sufridores de burdos espectáculos puestos en las calles para mayor vergüenza de una ciudad que, en modo alguno, se lo merecen.

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