Un encuentro a la luz de la vanguardia

Distanciados por cerca de un siglo, Isaac Albéniz y Andrés Marín tienen, sin embargo, un punto de coincidencia. Cada uno en su tiempo, ambos creadores participan de una vocación por la vanguardia en sus respectivas disciplinas. La obra cumbre del pianismo español lo fue cuando el músico catalán la compuso a principios del siglo pasado, y el baile del sevillano inauguró la presente centuria con su danza rompedora. En los dos casos, la tradición está en el origen, no así su forma de interpretarla.

Las escogidas piezas (tan sólo seis) de la suite de Albéniz encuentran un nuevo exegeta en la persona de Oscar Martín, con una interpretación en la que prima la sutileza, la búsqueda expresiva de cada pasaje, sin que por ello dejen de estar presentes los acentos rítmicos que pueblan la obra. Con ellos en el aire, el bailaor hace una singular abstracción para quedarse en la esencia y desplegar el catálogo de figuras que define su estilo. Así, tras la pieza Triana, donde se encuentra escondido el compás de doce tiempos de la seguiriya, Marín hace la bulería de una forma tan desnuda y sobria que la deja en la nuez. En su segunda intervención en solitario, después de El Puerto, suaviza el estilo.

Las formas rectilíneas dejan paso a una comedida curvatura para entrar en el terreno del tanguillo. No en vano, esa pieza estuvo inspirada por la visita del compositor al puerto gaditano. Antes, la interpretación de El Polo había dejado en la sala, de la mano de Martín, la misma profundidad (¿jondura?) que después se reeditaría con Jerez, todo ello antes de abordar la pieza final, El Albaicín.

Fue el único momento en el que piano y baile, las cuerdas percutidas y el zapateado, competirían de alguna forma en el escenario. Un paso a dos con Úrsula López para un feliz encuentro de música y danza.

La obra expuesta deja una innegable satisfacción pero, a la vez, el regusto de las cosas que saben a poco por su escueta extensión (apenas cincuenta minutos). Esta nueva lectura de la conocida suite, donde un joven pianista se encuentra con unas formas bailables no antes incorporadas a la obra de Albéniz, bien merece una mayor extensión.

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