El coro orquesta

  • La crisis y la falta de apoyo de las administraciones obliga a las corales gaditanas a asumir la producción al completo de sus grandes conciertos

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Hubo un tiempo en que el músico amateur se dedicaba, cuando lo brindaba la ocasión, a aprenderse una partitura, ensayar con su grupo y actuar el día, a la hora y en el lugar fijado. Pero eso pasó a la historia. Actualmente, las corales gaditanas son el Juan Palomo -"yo me lo guiso, yo me lo como"- de la música. La crisis económica y la falta de apoyo de las administraciones públicas ha obligado a estos grupos amateur no sólo a hacer música, sino a convertirse en productores de los grandes eventos musicales que protagonizan. Es la fórmula irremediable a la que han tenido que someterse las corales para mantener una atractiva oferta musical y, de paso, ofrecer a la ciudad unas citas culturales de interés.

En todos estos casos, el trabajo de una coral comienza en la selección de la obra a interpretar y abarca absolutamente todo: selección del resto de participantes (orquesta, solistas, instrumentistas, otros grupos corales o vocales...), elección del lugar del concierto, diseño y confección del cartel anunciador, venta de entradas, disposición del espacio del concierto y todo un listado de obligaciones que asumen los músicos aficionados con la única recompensa del aplauso final del público asistente.

Hace tan solo un mes la coral de la Universidad de Cádiz interpretó en el Gran Teatro Falla un concierto dedicado a Beethoven. Era una nueva apuesta de este grupo gaditano por ofrecer una gran producción que aunque se enmarcaba dentro del Festival de Música Española corría a cargo exclusivamente de la coral. "Lo hacemos porque nos gusta la música y queremos hacer cosas que nos gusten a nosotros y al público. Y ahí hay que atinar mucho", valora el director de la coral, Juan Manuel Pérez Madueño, que no obstante reconoce que el trabajo de organización es "agotador".

"Hace cuatro años decidimos convertirnos prácticamente en productores de nuestros conciertos y desde entonces hemos seguido utilizando ese formato. No es la fórmula ideal, pero sí nos ayuda a atinar mucho el ingenio y a estar más cuidadosos con todo", valora el director del grupo, que además pone el acento en las limitaciones presupuestarias.

En el caso del concierto de Beethoven, por ejemplo, Pérez Madueño expone que ha sido la coral la que ha buscado la orquesta (la Álvarez Beigbeder de Jerez), los solistas (Claudia Sansón), la que ha difundido la cita que tuvo lugar el viernes 20 de mayo e incluso la que ha vendido buena parte de las entradas. Todo ello únicamente para sufragar el gasto que acarrea una cita musical de este nivel. Aún así, "tuvimos un déficit de cien euros", apunta el director, que añade que el día que el público no responda será la coral la que tenga que asumir el coste de una producción de este calibre, "que tendríamos que asumir con actuaciones propias o bien poniendo una cuota a los miembros".

Todo el trabajo que desarrollan cada vez que se aventuran a ofrecer un concierto de este calibre y el riesgo que asumen a la hora de costearlo ha encontrado hasta ahora la respuesta del público. Y esto es lo que lleva a Pérez Madueño a valorar que la fórmula "funciona". "Creo que la gente toma conciencia de que ir al concierto y pagar por ello un precio simbólico -13 euros era la entrada más cara en la cita del Falla del pasado mayo- es un modo de apoyarnos para futuras ideas", añade el músico, que lamenta que a consecuencia de la crisis "se ha ido al garete proteger la cultura" y ha dejado a este tipo de músicos amateurs como "los grandes damnificados".

Producciones similares ha asumido en los últimos años el conjunto vocal Virelay, que quiere ser "una sociedad de conciertos como las que había en Francia en el siglo XVIII", comenta su director, Jorge Enrique García. "Lo más costoso es la organización. Cuanto más compleja es la obra y más gente participa, más tiempo de organización requiere", valora el músico gaditano, que indica también que a nivel económico "lo más caro es el transporte de los que vienen a acompañarnos, porque si pasan un día en Cádiz hay que llevarlos a comer, y si son ensayos de un fin de semana o vienen antes o se quedan después del concierto hay que alojarlos", explica.

Para cubrir los gastos propios de conciertos de este tipo, Virelay solicita un donativo a los asistentes (en la última cita, de esta misma tarde en la Catedral, será de 10 euros). Pero como indica Jorge Enrique García, con estas aportaciones "nunca se cubren completamente". Para ello, recurren a los fondos que genera el grupo a través de las actuaciones durante el año o por el alquiler del clave que se le requiere en alguna ocasión. "Es complicado y deficitario, pero tenemos la suerte de contar con instrumentistas muy buenos que vienen a cantar con nosotros encantados", indica.

El trabajo de producción de estos conciertos "es agotador", pero "tenemos la suerte de que todo el grupo se implica". "Hay un diseñador, el coro se dedica a difundir el concierto dentro y fuera de Cádiz...", relata García, que añade que lo más complicado es organizar los horarios y los sitios de los ensayos previos así como el transporte de los instrumentos.

No obstante, todo esto tiene una recompensa: el público. "Me quedo con que esta desgracia para la cultura que ha sido la crisis ha servido para demostrar que Cádiz tiene un nivel cultural elevado. Aquí se demandan unas actividades que en otros sitios no existen. El pueblo de Cádiz ama la música y quiere conciertos. El público, realmente, son nuestros mecenas con sus donativos", valora Jorge Enrique García, que valora que desde el primer momento "hemos logrado el lleno" en los grandes conciertos organizados.

Otro grupo coral de la ciudad, Nova Mvsica, tuvo el pasado fin de semana su primera experiencia como productora de conciertos. Con motivo de su 25 aniversario, ofreció en el claustro de Santo Domingo un concierto en el que interpretó el Stabat Mater de Karl Jenkins en unión del coro The Maidstone Singers, del Reino Unido, y de la ensemble La Stravaganza.

La secretaria y tesorera de Nova Mvsica, María Jesús Crujeiras, reconoce que no eran conscientes "de los gastos que genera un concierto así". Gastos que comenzaron con el pago a la SGAE de los derechos de autor y con el alquiler de las partituras (al tratarse de un compositor aún vivo). Después vino el proceso para buscar la orquesta o el sitio donde celebrar el concierto. "Menos mal que dimos con el hotel Convento, que no nos puso ninguna pega desde el primer momento y todo fueron facilidades en la cesión del claustro de Santo Domingo", señala Crujeiras.

Una vez cerrada la partitura, el sitio, los grupos participantes y otros detalles, aún faltaba un último contratiempo: las sillas. "Fuimos a Cultura, que nos dijo que las sillas que tenían sólo eran para actos organizados por el Ayuntamiento, así que tuvimos que recurrir a una empresa de alquiler de sillas, lo que incrementó los gastos", explica la secretaria lamentando la nula colaboración de las instituciones hasta para esta cesión de unas sillas.

A pesar de todos los inconvenientes, "hemos conseguido sacar adelante el concierto", gracias a la implicación de todo el grupo. "Uno es aficionado al diseño e hizo el cartel, otro buscó la imprenta, y algunos han buscado patrocinadores porque se nos disparaban los gastos", indica Crujeiras.

Y celebrado el concierto el pasado domingo, la respuesta del público fue la mejor recompensa. ¿Repetiría una experiencia así? "Sin duda. Yo he visto a gente llorando en el concierto. Y es para los que cantamos es muy grande", valora esta coralista gaditana, que reconoce el "miedo" de que no hubiera gente suficiente en el concierto. "Pero el claustro se llenó", lo que lleva a María Jesús Crujeiras a la misma conclusión que sus compañeros de otros grupos corales: "El público de Cádiz echa de menos citas de nivel".

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