El cónclave de los 'oryentados'

  • La glorieta frente a la casa natal de Carlos Edmundo de Ory luce desde ayer el rótulo que la nombra en honor del escritor

"Me alegra ver lo contento que se ha puesto Carlos al vernos a todos reunidos en esta glorieta -decía su viuda, Laura Lachéroy, al descubrir el nombre del poeta frente a la que fue su casa natal-. Y me encanta que brindemos con poemas y oloroso por su salud eterna".

A la inauguración de la Glorieta Carlos Edmundo de Ory acudieron familiares del poeta, amigos, acólitos y artistas. En torno a la escalinata en la que descansan sus cenizas, se reunieron nombres como Felipe Benítez Reyes, Blanca Flores, Antonio Serrano Cueto, Carmen Bustamante, Luis Quintero, Rafael Román y Tere Torres, José Manuel Vera Borja, Rafael de Cózar o José Manuel García Gil. A la cita también acudieron la alcaldesa, Teófila Martínez, y el concejal de Cultura, Antonio Castillo, que destacaron la "enorme generosidad" de la Fundación, que abrirá sus puertas la semana próxima, e iniciaron la ronda de poesía en honor al poeta - "Dame algo más que silencio o dulzura/ algo que tengas y no sepas"-.

Y ahí se acabó lo oficial ya que, realmente, de lo que se trataba era de convocar a Carlos Edmundo. Las reuniones de recuerdo al poeta en la Alameda son el reverso luminoso de un aquelarre; mantienen, como en cualquier culto mistérico, la música, la palabra, el vino. La cantaora Carmen de la Jara calentó los ánimos y tentó, burlándola luego, a la lluvia - "Me gustaría ver llover y salir el sol por la bahía", cantaba-, y Rafael de Cózar rememoró cuando se trasladó durante unos meses a la casa del poeta Ory: "Cuando vuelvas al mundo -le decía este último-, vas a necesitar un psiquiatra".

"Y era verdad -continuaba De Cózar-, porque yo le decía, 'Carlos, por Dios, que tengo casi cuarenta años y tú, casi sesenta, ¿qué hacemos jugando al escondite?', y él me decía: El juego es lo más importante que hay, lo más importante..."

Javier Vela, gestor de proyectos y actividades de la Fundación Carlos Edmundo de Ory, fue dando la vez a los presentes: "Puedo decir que el éxtasis del vino/Como el del tren y el del caballo raudo/Me van bien y los amo/ Amo las cosas/Amo el laúd, el lupanar y el mar/Amo los fuegos fatuos/ Y las vírgenes fatuas", recitaba De Cózar. En la Asociación de Personas Lectoras propusieron leer el Nocturno de la Alameda; Fernández Palacios tomó el Soneto a Greta Garbo; mientras que Blanca Flores escogió versos publicados en el primer número de Arquero de poesía; y Antonio Serrano Cueto, las estrofas del Finis Musicae: "Salgo del sueño y se acaba el sueño para mí/El alba se cubre de nubes y es otra vez de noche". Felipe Benítez Reyes leyó La casa muerta, poema que confesó haberse aprendido de memoria cuando era adolescente: "Paso a paso llegué a la casa un día y penetré en la futura casa que estaba allí vacía...", y José Manuel García Gil escogió recordar al gaditano con un relato corto de 'El alfabeto griego', Corto informe de un suceso.

Lo bueno es que todo parecía, en efecto, una primavera amable, una especie de juego. Qué mejor que ser recordado sin peso. Fernando Lobo cantó y leyó un poema escrito mentando al maestro, "que he llamado Oryentándome, con y griega como en todas estas cosas". Un texto que define la poesía como la "semilla de perla que nos arraiga en nuestro adentro", aunque los versos estén hechos para "buscarlos por todo Edmundo".

Fernando Polavieja cerró la cita, muy apropiadamente, entonando un Tótum Revolútum que enmarcaría la elección de Javier Vela: un extracto de El mar, texto publicado en uno de los libros de relatos (Basuras) que recogería más adelante la colección Calembé en sus Cuentos sin hadas. "Pero, ¿de verdad lo quieres todo, todo el mar? -leyó el autor-. Cada uno que traiga lo que pueda en las manos. Sólo lo que pueda. ¿Acaso pido lo imposible, que cada uno traiga lo que pueda?".

"Y creo que eso es un poco lo que hemos hecho hoy, todos nosotros -apuntó-. Traer un poco del inmenso mar".

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