Rojo y negro

El cómic que nos toca vivir

  • Pese a la calidad de nuestros creadores, en España es aún un arte minoritario

Hay quienes lo identifican como el Noveno Arte, pero al margen de las calificaciones habría que reconocer que el cómic (o los tebeos, como los conocemos aquí) sigue siendo parte de una cultura marginal, al menos en nuestro país. Al contrario de Francia o Bélgica, donde no es raro encontrar anunciados en las paradas de autobús los últimos lanzamientos de las novedades mas importantes, o en Estados Unidos, donde es un fenómeno mediático más, aquí sigue teniendo la consideración general de ser algo orientado a la infancia.

A título personal recuerdo de niño haber oído hasta la saciedad aquella frase de "El que de pequeño lee tebeos de mayor lee libros". Pues bien, leo libros pero también continúo leyendo cómics (y no estaría seguro de la proporción).

Tuvo grandes momentos en los años ochenta, respaldado por la generación de "la Movida", con una gran proliferación de autores y publicaciones donde las obras underground de títulos como Makoki o revistas como 1984, Cimoc y Cairo eran equiparables en producción o aceptación social a los cuadernillos apaisados de los años 50 y 60 de iconos del cómic en España como El guerreo del antifaz o El Cachorro.

Hoy todo el mundo habla de una época de esplendor, de un resurgimiento del cómic en nuestras fronteras, del nacimiento de nuevas editoriales y del afianzamiento de las existentes. Lo cual no es del todo cierto.

Se publica más que nunca, hay más ejemplares que nunca en el mercado pero éste se halla copado por obras americanas o asiáticas (pues la producción coreana y china -los conocidos como Manhwas- cada vez se acercan más a la japonesa) y el cómic europeo sigue siendo un pequeño reducto de historias de autor para gente con gustos más cercanos a la literatura.

Sólo algunas editoriales consideradas alternativas o minoritarias (como pueden ser Astiberri, Diavolo o Dibbuks) o revistas de humor con gran contenido en historietas (El Jueves) arriesgan al incluir entre sus páginas material realizado por nuestros autores.

La otra alternativa para alguien que quiera considerar esto como un oficio es el trabajar para sellos de otros países, algo más asequible con las tecnologías actuales.

Cada vez es mayor la presencia de españoles bajo sellos franco-belgas o americanos, lo cual nos demuestra el gran nivel existente de dibujantes y guionistas que poseemos -nada envidiable en calidad en comparación a todo el material que importamos-; pero el problema es que si nos gustan las aventuras de Spiderman da igual de dónde sea el autor mientras sean historias del hombre araña y vengan respaldadas por Marvel.

El público, en general, cada vez va conociendo y hablando más de los cómics aunque ello se deba, en definitiva, a que últimamente proliferan en la pantalla grande las adaptaciones tanto de imagen real como de animación (como ejemplo de lo segundo, el honroso caso de Marjane Satrapi y Persépolis) de títulos muy dispares y tenga como consecuencia que algunos neófitos, picados por la curiosidad, terminen acercándose a la imagen impresa.

Pero en definitiva, en cuanto a aceptación cultural, el cómic aún tiene el estigma de arte minoritario para fieles seguidores que seguimos viendo en él -independientemente de dónde venga y de quién lo haga, pues todo es cuestión de gustos- una de las mas placenteras vías de escape.

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