El color de la justicia

Autor: David Mamet. Director: Juan Carlos Rubio. Intérpretes: Tonio Cantó, Emilio Buale, Montse Plá, Bernabé Rico. Lugar y día: Gran Teatro Falla, 16 de abril.

Ir a ver un trabajo de David Mamet es preguntarse por cual de las dos vertientes de este esquizoide autor estadounidense nos vamos a topar. ¿El riguroso autor de Glengarry Glenn Rose o American Buffalo o el comercialote escritor de Noviembre, digna del teatro de la Gran Vía, donde por cierto se presentó hace unas temporadas con Santiago Ramos? ¿El responsable de los guiones de divertimentos como El último golpe o Hannibal o el director de filmes como Spartan o Casa de juegos, que demuestra su capacidad de llegar muy lejos? Mamet parece seguir los consejos del gran Clint Eastwood: una para mí, otra para los estudios.

Por fortuna, Razas pertenece al segundo grupo, al del mejor David Mamet, el seco, el hiriente, el que indaga en las heridas de una sociedad como la norteamericana, y por ende, mundial. El conflicto racial en la obra hace unos años se vería circunscrito a los Estados Unidos, pero con la creciente inmigración en Europa ya nos coge más cerca. De hecho, el que en el montaje figuren dos actores de color (Buale y Plá) lo demuestra. Mamet no es políticamente correcto, más bien todo lo contrario. Hurga en cómo la discriminación positiva y los manejos que se derivan de ella pueden ser contraproducentes, y a la larga inútiles. Tal vez haya que fingir que todo es armonía, pero el racismo sabe adaptarse y ya no lincha negros en los árboles, pero se ha vuelto más sutil.

Pero la habilidad de Mamet es enmascarar este discurso en un drama judicial, lo que le permite elevar el tiro. En estos días donde bajo nuestras gaditanas narices estamos padeciendo un juicio estrella, lo que significa la tele basura haciendo guardia en la Cuesta de las Calesas, Razas demuestra el sofismo en que ha caído la justicia, al menos la estadounidense. Al final da igual si el blanco acusado de violar a una chica negra es inocente o no, de si las pruebas periciales son definitivas o circunstanciales. Lo que importa es el pasado intachable o no del acusado, si la presunta víctima iba vestida como una prostituta o no, si los testigos son un matrimonio respetable o unos descerebrados sin credibilidad. Es decir, un mundo como el nuestro, donde lo destacable es la apariencia y no la esencia. Esto concuerda con el discurso de la obra de presentar lo políticamente incorrecto como algo inquietante y más desintegrador socialmente que cohesionador. Ya Camus demostró en El extranjero que a veces no se dirime en un banquillo un delito, sino si el acusado sigue la norma general o no.

No es un texto fácil, es espartano como los mejores logros de Mamet y no se molesta en aclarar los enigmas, algo que pudo desconcertar a muchos espectadores. Su interés está en mostrar un proceso. Esta sequedad puede explicar que el montaje de Razas pecase de atropellamiento en vez de ritmo, como si hubiese miedo a perder al público si se parase demasiado. Esto, unido a unos actores no muy entonados, hizo perder mucho fuelle al excelente texto original, que a veces resultaba confuso. A destacar la escenografía, simple pero que jugaba hábilmente con que más que un bufete de abogados era la celda de una prisión.

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