La clave europea de las guerras bosnias

  • Francisco Veiga plantea una completa narración de los conflictos secesionistas en la antigua Yugoslavia

Francisco Veiga. Alianza, 2011. 388 págs. 19 euros.

El 28 de junio de 1991 los informativos de todo el mundo abrían con las imágenes de los tanques yugoslavos ocupando el territorio de Eslovenia, mientras columnas de humo podían adivinarse desde la vecina Austria. Europa se despertaba asombrada de que en pleno corazón del viejo continente se repitiesen escenas propias de otros tiempos que parecían finalmente superados después de la caída del muro de Berlín. ¿Qué forma era esta de empañar los prometedores acuerdos de Maastricht y robarnos, de paso, la tranquilidad del cálido verano que se dibujaba a la vuelta de la esquina? Lo que estaba asomando era la primera cabeza de una terrible hidra de odio y destrucción que azotaría la república de Yugoslavia en los siguientes diez años. Se han cumplido otros tantos desde que se dio por concluida la guerra de Macedonia, la última y la más desconocida de la serie de conflictos secesionistas de los Balcanes, y es momento (así lo ha juzgado Francisco Veiga) para tomar distancia y repensar el sangriento escenario.

No es poco una narración completa y bien articulada de unos hechos que nos llegaron de forma despiezada en los medios informativos y sobre los que ha caído luego una densa capa de mistificación y olvido. Podría argüirse que así sucede con todas las guerras en la medida que comprometen a unos, humillan a otros y obstaculizan el proceso de recuperación de la sociedad. Pero esta fue una guerra diferente en la medida que incubó, en su propia matriz, una cadena de fuegos que fueron prendiendo, en cada ocasión, de los rescoldos mal apagados del anterior, como si los odios ancestrales de las comunidades étnicas de la ex-Yugoslavia hubiesen despertado después de la era de Tito. Esta explicación tan tranquilizadora para el observador occidental dista mucho en realidad de la lógica que presidió el ciclo bélico que somete a examen el profesor Veiga; un proceso calculado por los poderes nacionalistas emergentes, e incluso, predecible para las potencias occidentales en la primera parte de las guerras de secesión, las de Eslovenia y Croacia, aunque más tarde, durante las guerras de Bosnia, tomara una deriva errática, de consecuencias trágicas. Todas las partes en litigio (también las nuevas repúblicas étnicas autoproclamadas dentro del territorio de la Bosnia-Herzegovina) fueron plenamente conscientes y responsables de las decisiones que tomaban, manipularon la opinión pública internacional a su conveniencia y buscaron la anuencia de sus gentes. En medio de este juego sin escrúpulos surgieron, en la etapa más incontrolada de la contienda, caciques locales, aventureros y logreros que medraron por su propio beneficio; pero incluso los casos más singulares y novelescos encuentran encaje dentro de un proceso de feudalización del poder y depredación económica sobre el terreno que el autor explica con criterio comprehensivo.

La otra cara de estas incómodas guerras, que estallaron cuando no tenían que haberlo hecho, no sale mejor parada del incisivo análisis del profesor Veiga. Nos referimos a la acción diplomática internacional que adoptó la estrategia del avestruz, ignorando el asunto mientras pudo, usándolo a su conveniencia luego (recordemos el reconocimiento unilateral que hizo Alemania de las nacientes repúblicas de Eslovenia y Croacia), para adoptar in extremis una solución (el plan Dayton firmado en noviembre de 1995) que regresaba, en realidad, al modelo federalista (una especie de Yugoslavia en pequeño) sin haber ahorrado los horrores de Vukovar, Srebrenica o la deportación de cientos de miles de serbios de la Krajina.

¿Pudo actuarse con más cordura? Parece una ligereza decir que sí, sin tener en cuenta que sobre el tapete de la realpolitik del momento se discutía el posible efecto contagio que la situación yugoslava podía tener sobre la URSS o el peligro de cruzar esa línea roja que eran los acuerdos de Helsinki de 1975 que blindaban las fronteras de las naciones en el momento en que se estaba fraguando la Unión Europea. Otras motivaciones fueron menos nobles y, sin embargo, quedaron encubiertas. Entre las más inconfesables y aquí denunciadas: la falta de escrúpulos de los políticos nacionalistas (el propio Milosevic) para minar las instituciones y fuerzas armadas de la República Federal Socialista de Yugoslavia, dando paso a una caterva de líderes ambiciosos que con el consentimiento tácito de las potencias europeas terminaron por consagrar las fronteras que resultaron de la limpieza étnica de unos y otros.

No defraudará a nadie este excelente libro del profesor de la Historia Contemporánea de la UAB, quizás nuestro mejor especialista en los conflictos del mundo actual. Para quienes leyeron La trampa balcánica (1995) constituye su lógica continuación. Para los más jóvenes, niños en los 90, el descubrimiento de una clave generacional que tal vez desconocían. Para los veteranos la constatación de que las malas inercias regresan, cuando el egoísmo de los estrategas se une a la incompetencia de los diplomáticos. El resultado salta a la vista: los territorios de la antigua Yugoslavia, el país mejor situado para ingresar en la Comunidad Europea en 1988, aguardan indolentes un incierto destino.

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