"Los años te dan la oportunidad de poder aceptarte a ti mismo"

  • El ganador del Luis Berenguer, Javier Puebla, afirma sentirse cercano a Kafka desde "su idea de la diferencia"

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En su fábula más popular, Kafka realizó un desolador estudio de la repulsión. Quien lee más allá del asco, encuentra emociones que nunca hubiera pensando al toparse con Gregorio Samsa. Encuentra solidaridad, o infinita tristeza o, incluso, identificación.

La última novela ganadora del Luis Berenguer rinde homenaje a la obra del autor checo. Hasta tal punto, que el original se presentó bajo el sobrenombre de La contrametamorfosis. Y poco después de recibir el premio, su autor, Javier Puebla, admitía sentirse "muy cercano" a la figura de Franz Kafka.

"Sobre todo -explica- en su gran conciencia de ser una persona singular, diferente. Aunque, hoy en día, la mayor parte de los que van de diferente está copiando a otro diferente. Yo lo hago de verdad. El dolor ante la vida y ante las dificultades de las relaciones no surgen de dentro, no son impuestos".

Confiesa Puebla que La Metamorfosis es una novela "de muy fácil lectura, que debería ser mucho más popular" pero que el "resto de la obra de Kafka puede ser bastante insoportable. Creo que El proceso o El castillo serían mucho mejores si él hubiera podido trabajar más en ellas".

Javier Puebla, que subraya haber disfrutado de esta condición de "insecto" a lo largo de su vida - "mira que he pasado por sitios distintos, el colegio, el CEU, diplomático comercial... pero siempre he sido el raro"-, cree que Kafka murió sin haber podido asumir su condición de diferente: "Y eso es lo que dan los años, al menos, la opción de aceptarte a ti mismo".

La diferencia entre la historia de Samsa y la que desarrolla Puebla es que "Kafka convierte en monstruo, en su relato, al único ser que parece no ser despreciable -indica- . Y yo hago lo opuesto, por eso lo de contrametamorfosis. Y luego está el recurso del beso de cuento de hadas, que hace que se transforme".

La hija de la cucaracha integra el segundo tomo de una trilogía iniciada con Tigre Manjatan: "Aunque no tienen nada que ver ni en tema ni estilo", apunta su autor. Diferentes han sido, también, los respectivos partos: la primera tardó años en concretarse mientras que la segunda vio la luz de un tirón.

Javier Puebla juega a tener alteregos. Tiene un heterónimo y un antónimo. Tiene, además, un taller literario que ejercita a sus participantes en torno a las tres etapas de la vida de un personaje . El crear a otros, el sentirse otros es, para Puebla, condición fundamental del proceso de creación literaria: "Es una de las cosas más hermosas de escribir -afirma-, ser otro, crear e incluso resucitar a otros. Mi personaje de la portera que muere, por ejemplo, al convertirla en personaje tienes derecho a resucitarla. Y mi Nueva York, por ejemplo, sigue teniendo las Torres Gemelas, porque puedo permitirme hacer de ello mi realidad, más allá de la auténtica".

La aventura del taller es una de las más "sorprendentes" para el autor, que siempre había creído que escribir era "un vicio solitario".

"Pero un día -prosigue- fui a un taller de creación, cogí un manual y me pareció un rollo espantoso, y decidí inventarme un taller. Al conocer cómo estructuraba el mío, el coordinador me dijo que había estado buscando en todas las escuelas de letras algo parecido, pero que no lo había encontrado".

Narrador de cuento y novela -con incursiones en lo cinematográfico-, Javier Puebla define como otra de las experiencias más "interesantes" de su vida la que le sumergió en la redacción de un cuento diario durante un año entero, recogidos en su página web bajo el epígrafe Cazador de cuentos.

"Hay quien me ha dicho que es algo que no se ha hecho nunca en la historia de la literatura, pero lo cierto -comenta- es que hubo un momento en el que lo pasé muy mal: estaba hablando por teléfono o en el metro y de ahí pensaba en cómo sacar cuentos. Como comprenderás, en 365 historias, las hay de todo tipo. Durante un año, me dediqué sólo a eso y empleé para mantenerme los ahorros del año de diplomático en Dákar. Me daba a mí mismo un jornal de sesenta euros al día. Fue el mejor ejemplo de eso que digo siempre: vivo sin magia, la dejo en los cuentos".

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