Zarzuela atemporal

Director musical: Miquel Ortega. Director de escena: Luis Olmos. Director del coro: Íñigo Sampil. Escenografía: Jon Berrondo. Figurinista: María Luisa Engel. Iluminación: Juan Gómez-Cornejo. Coreografía: Florencio Campo. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Orquesta de Plectro de Córdoba. Director: Juan Luis González. Intérpretes: María José Moreno (Doña Francisquita), Milagros Martín, Ismael Jordi (Fernando), Julio Morales, Amelia Font, Enrique Baquerizo, Arturo Pastor, Isabel Cámara, Juan Matute, Manuel de Diego. Lugar y fecha: Teatro de la Maestranza (Sevilla). Aforo: Lleno.

Costó en principio asimilar la propuesta escénica de Luis Olmos para un título tan denotado icónicamente como Doña Francisquita. En general, la zarzuela nace tan pegada a una realidad espacial y temporal tan acotada que resulta problemático o, cuanto menos, arriesgado, jugar a las extrapolaciones, transposiciones y demás juegos conceptuales. Pero en este caso, tras un primer acto escueto en lo escenográfico, la visión de Olmos comienza a funcionar y a dar juego teatral desde el segundo acto. Ha optado por el esquematismo minimalista, por el juego con líneas geométricas que por medio de diagonales encontradas, van abriendo o cerrando el espacio, acotando el escenario y dando sentido al movimiento de actores. Todo ello subrayado por una magnífica iluminación que pasa de los tonos cálidos a los más fríos y que otorga volumen a las superficies. El vestuario de Engel se centra más en los años 20 que en la época romántica (canotiers por chisteras), con gran profusión de texturas y coloridos.

En un título como éste, tan cuajado de momentos bailables, la coreografía supone un elemento esencial de la propuesta escénica. En este caso no me pareció tan convincente la fusión o mezcolanza entre estilos coreográficos, desperdiciándose momentos tan brillantes como el fandango del tercer acto.

Miquel Ortega, desde el foso, dirigió con gran claridad y transparencia a la Sinfónica. En sus manos pudimos disfrutar de la finura, la maestría y la elegancia de la orquestación de Vives. Salvo en el caso de María José Moreno, supo graduar las dinámicas para no cubrir las voces incluso en los números de conjunto.

Mucho tiempo ha tardado en venir por la escena del Maestranza María José Moreno. Su concepción del personaje es algo cursi y plana, sin que asome la picardía inherente a la joven lianta. En lo vocal tuvo problemas de proyección y de volumen salvo en los pasajes sobreagudos, brillantes, bien timbrados pero algo cortos. Magníficas coloraturas en la Canción del ruiseñor. En contrapartida, Ismael Jordi volvió a asombrar por su inacabable capacidad para matizar el fraseo y para graduar la intensidad de su voz, con esa galería interminable de medias voces que tan seductor hacen su canto. Bordó literalmente hablando su famosa romanza. A pesar de su entrega, Morales no pudo evitar un molesto vibrato y una emisión algo abierta. Imposible la voz de Martín, engolada, de ataques abruptos y con continuos cambios de color, aunque el Marabú lo cantó con mucho gusto. Muy en sus papeles cómicos Font y Baquerizo, mientras que fue todo un lujo tener a Manuel de Diego como Leñador/Sereno. Y felicidades al coro por su empaste y por su actuación en escena.

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