Walken y Pacino valen la entrada

Por qué Al Pacino, Alan Arkin y Christopher Walken se hayan puesto en manos de un tipo que sólo podía exhibir como créditos de realización un buen documental (Crazy Love) y una mediocre película (Beso en Manhattan) es un misterio. O tal vez no. Busquen el talonario. Su director es un importante productor de cine, televisión y teatro. Y tal vez influyera un muy buen argumento -tras salir uno de ellos de la cárcel, tres viejos compinches se reunen en una ultima noche de juerga y ajuste de cuentas- desgraciadamente mal desarrollado en guión y mediocremente dirigido.

El trasplante de las groserías genitales y las gamberradas de la actual comedia de adolescentes o de treintañeros peterpanescos al universo geriátrico malogra lo que hubiera podido ser la base de una buena comedia negra encabezada por tres actores portentosos. Se desperdicia el hallazgo trágico de la última noche de juerga de tres viejos amigos para uno de cuales está dictada una sentencia de muerte por una antigua venganza. Y se desperdicia también la tristísima historia de la amistad y muerte entre Walken y Pacino. Además de a sus dos gigantescos intérpretes.

Que lo primero que atraquen sea una farmacia no es un hallazgo precisamente original. Y que lo hagan para robar Viagra, aún menos. Que tras tomarse un bote entero Pacino diga que le ha crecido el Everest en los pantalones o que lo tiene tan duro que podría tallar diamantes tampoco pasará a la historia de los diálogos más ingeniosos de la historia de la comedia. En esta línea, digna de Esteso y Pajares, va todo el humor genital de la película. Lástima. En cuanto a otras tramas, como la de convertirlos en justicieros de la noche, no funcionan. Al final ni las cámaras lentas no son ahorradas. ¡Qué se le va a hacer!, Pero eso sí: Walken y Pacino valen el precio de la entrada.

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