Virginidad y noche de bodas

En la Inglaterra de 1962, mientras nacían, ni siquiera The Beatles sabían que iban a ser The Beatles. En ella, como en otras partes, a las mujeres que no guardaban la virginidad para su marido aún se las desconsideraba, por no ajustarse a las vigencias del momento. Todo estaba a punto de cambiar, de hecho algunas adelantadas ya se habían tomado la licencia y afrontaban (y afrentaban) sus vidas de otra manera. Pero aún no lo había hecho y lo común, todavía no mal visto ni pacato ni timorato, era aguardar al matrimonio para estrenarse. En esa frontera temporal sitúa Ian McEwan (Aldershot, 1948) a la pareja protagonista de esta breve y bella novela. Ella ha resistido los embates, las insinuaciones de él. Él, algo más experimentado, como sí estaba permitido al hombre, no se puede aguantar más el deseo y le pide que se casen. En la noche de bodas, durante la que transcurre toda la novela, él pega el gatillazo normal de quien lleva siglos esperando y anticipando el momento y ella descubre que el sexo le da asco, que es una mujer frígida (y por mucho que dijera don Gregorio Marañón, más teórico que práctico en estos saberes, haberlas haylas). El fracaso sexual traerá el fracaso matrimonial y la pareja, después de su noche de bodas, no vuelve a verse más.

Parece mentira que con esta trama McEwan haya escrito una novela deliciosa, contenida y explícita a la vez. Sobre asuntos que parecían campo trillado y exclusivo de novelistas de kiosco o americanas superventas, McEwan traza una historia que no parecerá antediluviana a quienes cumplieron los sesenta y que acerca, a quienes no llegaron a esa edad, la vida tal como era realmente no hace tanto tiempo. Dejando por el camino las otras novelas que podía ser esta, o quizá lo sea pero de manera incoada, latente, McEwan no naufraga porque retrata de manera indeleble los, tal vez, dos motores de cualquier vida humana: la ilusión y el deseo.

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