Valiente Calamaro

  • El cantante argentino entusiasmó con una fiesta de guitarras y emociones, aunque necesitó tiempo para calentar motores

"Buenas noches, Jerez, la cuna del arte y del flamenco, donde los caballos nacen negros y mueren blancos, como Michael Jackson". Qué fijación con MJ. El otro día, en Algeciras, otra leyenda de la música argentina, Fito Páez, aludió al paliducho, aunque bromeando a cuenta de su amor a los niños. Calamaro estaba gracioso. Apareció en la escena con un turbante, para abrir gas con Tu parte de adelante, y se desprendió de siete meses de inactividad con un concierto intenso, vibrante, algo desconcertante y multitudinario. Andrés Calamaro inició su primera gira del 09 con una fiesta de guitarras a escape libre a dos velocidades. Aceleró a medida que el personal se ponía carioco, disparó contra el olvido modificando letras y hechuras de su repertorio, y hasta desafinando de aquella manera. Las neuronas supervivientes saben mucho de emoción. Calamaro, contra la corriente, se mostró imperfecto, valiente, travieso, primero reposado y luego desatado. Rocanrol animal.

El toro de Osborne estampado en la guitarra, el viento rebelde, las gafas de Dylan en Before the flood, un corazón loco que se dobla y se rompe, la banda en pleno rodaje, entrenamiento en público, casi dos horas repletas de sorpresas, división de opiniones, el universo de Calamaro alejado de convencionalismos. No fue un "un grandes éxitos". Lo mejor no salió en la tele, que interrumpió la retransmisión cuando Calamaro se adentraba en el tramo rocanrolero de la velada. La hinchada argentina cantó a pleno pulmón el extraño repertorio del cantante, que obvió piezas señeras y tiró por la calle en obras, en contraflecha. Calamaro estaba gracioso. Recuperó pasajes de sus célebres discos, desde Elvis está vivo (en Jerez), hasta la Mujer mundial, que prologó con un guiño a Led Zeppelin. Se arrancó por surrealistas quejíos flamencos, alteró piezas incluso recitándolas desde el atril, mentó a Valentino Rossi en Los aviones, excitó al personal con Estadio Azteca y se echó un cantecito stoniano con El Salmón. Sin respiro, Calamaro y los suyos enchampelaron un rock trepidante, pero necesitaron de casi una hora para calentar motores. Hasta que bajaron al infierno un poco y tomaron las curvas con fiereza y audacia. Antes, Andrés se mostró algo errático y sin gancho, suerte que enganchó la ola buena y la cosa se enderezó. Un clásico después del clásico. Goleada al hastío. Crímenes perfectos, Días distintos y la inédita Cuatro jinetes. "Al final todo sigue igual, al final todo cambia un poco, tengo el cerebro frito, tengo el cerebro roto". Hubo gente que lloró con la postrera Paloma, obra de arte en continua evolución, y se asombró merced a Loco por ti, tema escrito por el gran Sergio Makaroff que grabó Calamaro en el 88. Jerez asistió a un concierto raro de Calamaro, que pasó de emularse a sí mismo.

Mientras pillaba la onda, en curiosa estructura basada en una hora de rodaje y tres cuartos de hora a toda leche, Calamaro se retorció ante su público, realizó arabescos, se puso flamenco, se cargó un par de temas con nocturnidad y alevosía, cambió de continente mental sin apenas esfuerzo, practicó su particular lenguaje popular, arregló cuentas con el ruido reinante, y al final lo bordó. Voló en imperfecta comunión con el variopinto personal. Una voz entre miles.

Antes, Rebeca Jiménez luchó contra el desinterés general, con canciones intimistas en medio de la feria del decibelio, e Iván Ferreiro gustó a sus numerosos fieles recurriendo a su último disco, Mentiroso mentiroso y a algunos ecos de su primer trabajo en solitario, tras la separación de Los Piratas. El gallego, en cuya banda figura Pablo Novoa, el bajista de aquellos Golpes Bajos, también estaba gracioso. Y no digamos el publiquito motero y/o incondicional de los artistas en cartel. El fino y la manzanilla transparentan a las personas. Si Elvis está vivo en Jerez, como ironizó Calamaro, Lola Flores tiene un chalé en Filadelfia.

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