Triunvirato de belleza

  • Merche Esmeralda, Belén Maya y Rocío Molina personifican tres generaciones de la danza flamenca con 'Mujeres'

Los brazos modelaban el aire, las manos tocaban el cielo, las cinturas se quebraban, los pies hablaron -cuando les tocó-, los cuerpos se contorsionaron en siluetas magníficas. Belleza. Tres apuestas por la belleza, el sentimiento y la jondura. Flamenco con nombre de mujer. De Mujeres. Merche Esmeralda, Belén Maya, Rocío Molina. Tres eslabones de una misma cadena, la que rodea las formas etéreas del duende y la magia de la danza flamenca. La noche del viernes conquistaron en triunvirato de belleza el Gran Teatro Falla.

Y todo a media luz (como el tango) cobraba un nuevo sentido. El montaje, dirigido por el maestro Mario Maya, se presentó desnudo de argumento y de innecesarios artificios. El baile flamenco -bañado por esos contrastes blancoscuros maravillosos- se situó como el verdadero protagonista de Mujeres.

Una figura central sostenida por tres intenciones. Cada una diferente y todas complementarias. Tres artistas solistas que abrieron para el público del Falla todo un abanico de colores, matices y tonalidades de un arte que el respetable recibió entre ovaciones.

La sencilla presentación, que auguraba una última escena con sabor a caracoles, funcionó como primera toma de contacto con las sensibilidades de las bailaoras. La veterana Merche Esmeralda envuelta en un mantón, la rompedora Belén Maya como portadora de un encarnado abanico, y la joven y sorprendente Rocío Molina ataviada con castañuelas. Todas inspiradas por las palabras de Federico García Lorca que violaban el silencio sepulcral de la sala.

Pequeña y menuda, Maya se deslizaba a lo largo de las tablas con pies mudos y cintura provocadora. La bailaora se enfrentaba en soledad a unos tangos. Los lunares de su original vestido se deformaban a las órdenes de un cuerpo que no paraba de contar, de hacer, de relatar (quizás demasiado) un rosario de posturas que gritaban flamenco y modernidad.

El cante tronaba y las guitarras y percusión mandaban con sus latidos precisos y contundentes. Las gargantas de Tamara Tañé pero, sobre todo, de Antonio Campos y Jesús Corbacho engrandecieron aún más los cuadros que se sucedían sin descanso. Cante caro, personal y largo el de estos dos intérpretes que se enzarzaron en disputa cantaora durante un emocionante interludio que conquistó multitud de aplausos.

Otra de las escenas más piropeadas descubrió a una Merche Esmeralda con bata de cola y por soleá. La maestra, la señora del baile, hizo gala de una danza sosegada, desnuda y pura. El aleteo de sus brazos, la destreza de unos pies sabios y limpios, y las contracciones de su elegante anatomía cimentaron posturas imposibles y estampas para el recuerdo en las que el tronco de la bailaora se retorcía como rama que baila al viento.

Ancestral Merche y ancestral Rocío. Los 24 años de la artista se triplicaron en una danza poderosa y fresca, sin más fórmulas que el conjuro de su creatividad y sabiduría. Rocío por seguiriyas cruzaba las manos, marcaba el compás con palillos, estiraba y recogía su silueta, magnífica, de una manera natural y espontánea, como si redescubriera un tesoro que, aún ante los ojos de todos, hubiera pasado desapercibido.

Además de las actuaciones en solitario, Mujeres deslumbró a los gaditanos con sus magníficos pasos a dos. El de Rocío y Merche por granaína o el de Belén y Rocío en sorprendente romance contemporáneo, todo un alarde de estudio anatómico y profundidad flamenca.

El punto y final, por caracoles, reunía, como al principio, a las tres bailaoras, encumbradas ya por patio de butacas, palcos y paraíso que, no dudaron, en saltar de sus localidades para aplaudir, al compás, a las artistas.

Bulerías al golpe de propina. Más pureza. Más belleza. Más femineidad. Y es que Mujeres es un canto al baile contemplativo, al baile reposado, a ese espectáculo de contención y emoción en el que sólo se puede explayar la mujer.

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