Sirenas de rompe y rasga

Sobre las sirenas tenemos hoy en día una imagen entrañable y quizás extremadamente edulcorada, olvidándose la poderosa energía -y también terrible- del mito primitivo. A las bailaoras gaditanas Ana Salazar y Rosario Toledo, las jalean cuando bailan por alegrías llamándolas sirenas; y lo son, tanto por sus siluetas esbeltas como por su grácil baile en el mar de las coreografías, como por su poderío de rompe y rasga. En la propuesta hay un intento de hilvanado dramatúrgico, frente a la tradicional puesta en escena flamenca que normalmente se organiza como sucesión de cuadros diferenciados. Sin embargo, no ofrece una confección perfectamente rematada, pues no acaba de justificarse la estructura, quedando más en yuxtaposición que organización, aunque, con todo, resulta un atuendo de lo más vistoso, con ribetes a veces verdaderamente logrados. En todo el conjunto -enmarcado por una orquesta fusión que, junto con las bailaoras también al cante- crea un interesante espacio sonoro, se juega a desestructurar, a de-cosconstruir sin destrozar, a incorporar nuevos elementos, como quien no quiere la cosa y comprobar qué pasa, de manera sutil. Lo contemporáneo tanto en danza, como en concepción, inunda el espectáculo, sin olvidar una herencia que impregna todo de sal, resultando una fresca y salada claridad, donde Pericón y el Beni de Cádiz se dan la mano con Vicente Escudero. En la coreografía destaca la gracia de "puellae gaditanae", la disciplina en el encaje de los pies, la ironía en el punto justo para que no caiga en grotesco, el sorprendente braceo, todo con un guiño distanciador donde las intérpretes parecen observarse así mismas, como en un reflejo sobre el agua que apenas dura un instante. Destaca en la pareja intérprete un espíritu de camaradería, una enraizada complicidad, alejada de la misógina visión histórica de la rivalidad entre féminas, que las lleva a ambas a un empoderamiento de la escena, y, por tanto, del mundo.

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