Río fugitivo que permanece y llora

La primera edición de esta novela se publicó hace ahora diez años y, aparte de resultar finalista de la convocatoria correspondiente del prestigioso premio Rómulo Gallegos, supuso la primera consagración de su autor, Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967). La historia está trillada: en un colegio donde estudian los hijos de las clases poderosas bolivianas, el Don Bosco, un grupo de chavales asiste a su último curso, mediados los ochenta. El narrador, alumno aplicado y escritor vocacional, habla de los distintos grupos del colegio, su vida familiar, los cuentos policiales, los panfletos y los versos por encargo que escribe y publica entre sus compañeros, las interferencias de la siempre pobre y agitada vida política de su país. No falta la muerte accidental de un hermano, cuya aclaración asume el narrador (junto al inspector Daza, inefable personaje) ni los amores frustrados o imposibles (cómo no embelesarse de la juguetona Annaliz).

En cierto pasaje, el narrador cita el cuento La carta robada de Poe. Paz Soldán ha puesto sus cartas sobre la mesa, no esconde que estaba escribiendo una novela en la estela del Vargas Llosa de La ciudad y los perros (el prólogo de Juan Gabriel Vásquez, muy atinado, lo dice), es más, al principio un personaje llega a decirle al narrador. "serás nuestro Vargas Llosa". Una novela de adolescencia, con crimen por medio, con la realidad política del propio país de fondo, que crea Río Fugitivo, el territorio donde transcurre su obra posterior. Paz Soldán sale más que airoso pues sabe contagiar la extraña y atractiva alegría que da el puro placer de contar, más allá de la alegre melancolía que queda cuando alguien sabe narrarnos la adolescencia, esa edad tan parecida en todo tiempo y lugar. Además, la ascendencia de Vargas Llosa hace que pasen inadvertidas otras influencias bien presentes, como las de Javier Marías o Roberto Bolaño, por ejemplo.

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