Reencuentro emocional a través de la tragedia

  • Pérez-Reverte y Oscar Lobato recrean el Dos de Mayo en el Palacio de Congresos

"Como sería una tontería intentar presentar a Arturo Pérez-Reverte -comienza diciendo el presentador habitual del escritor, el periodista Oscar Lobato-, yo voy a dibujar lo que era Madrid en 1808".

Y resulta que el Madrid de entonces apenas llegaba a los 100 kilómetros, entre huertas y terrenos. Era una de las seis ciudades que superaban los cien mil habitantes. Y tenía forma de rueda.

Los franceses lo sabían muy bien y por eso, cuando comenzaron los disturbios narrados en Un día de cólera, "trataron de llegar al centro cortando dos radios y, de allí, ir completando los demás", explica Pérez-Reverte.

"Al principio -continúa- tuvo lugar un degüello masivo de franceses. Y ya ahí, hubo muchos que tenían a gabachos alojados en sus casas que los escondían diciendo 'Usted es francés, pero no me lo matan'. Igual que se indignaban porque habían cogido a Manolo, el vecino de abajo..."

La primera oleada del ejército francés, la paró la gente de la calle a navajazos, con la mujeres clavando las tijeras del pescado en las tripas de los caballos: "Casi podríamos decir que la maceta fue el arma de ese día", comenta el académico.

"Y conforme vas investigando -prosigue-, descubres cosas. Ves, por ejemplo, que en la calle Toledo cayeron un montón porque es cuesta arriba y los franceses iban a caballo. O historias como la de los presos de la Cárcel Real, que salieron a luchar y los últimos que llegaron fueron los muertos... Por eso he insistido tanto en nombres y apellidos. Eran para mí viejos conocidos. He querido sacarlos de los grabados y darles aliento ".

Pérez-Reverte reconoce que estos episodios le han supuesto una "reconciliación emocional con España".

"Todo el mundo sabe que yo le tengo asco al lado bruto e inculto de este país y lo demuestro todos los días -confiesa ante el público-. Pero es cierto que no puedes evitar sentir ternura cuando ves cómo luchaba esa gente. Como diría aquél, son mis hijos de puta. Podríamos decir que Manolo me ha conmovido. No es que ahora de repente haya aceptado España tal como es, porque eso es imposible. Pero sí que ha habido una reconciliación emocional. Quiero a esta gente".

"En Monteléon, nuestro Álamo -indica-, cuatro de cada diez muertos eran mujeres, de trece a sesenta años. Te tienes que conmover aun conociendo lo que defendían: esa religión reaccionaria y esa monarquía nefasta... y ves que Goya tenía razón. ¿Cómo no iba yo a escribir sobre esto?".

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