Arte

Pintura de la época soviética

  • La capital gaditana acoge una exposición con obras que pertenecen a la colección privada de Dolores Tomás y que proporcionan una certera perspectiva histórica

Comentarios 1

Cualquier discurso sobre esta exposición requiere una nota previa: las pinturas que aquí vemos proceden de una colección privada, la que meritoriamente y con un entusiasmo notable ha llevado a cabo Dolores Tomás. Ello le otorga al conjunto un ineludible carácter personal. No obstante nos proporciona una certera perspectiva de lo ocurrido en la pintura rusa de la época soviética, con sus logros, paradojas y contradicciones.

Podemos asegurar, sin temor a errar demasiado, que el siglo XIX fue el Siglo de Oro de la cultura rusa. Bajo la autocracia zarista florecen y hallan expresión propia y universal, cuando menos, la literatura, la música y las Artes Plásticas. Estas, a comienzos del siglo XX, y en perfecta consonancia con lo que ocurría en Europa, protagonizan un intenso periodo vanguardista, que lleva, por ejemplo, a la pintura en las obras de Malevich y Rodchenko a un punto sin retorno, nihilista y demoledor (recordemos el Cuadrado blanco sobre fondo blanco del primero), que muy pronto el naciente Estado Soviético consideraría inviable con sus propósitos social-estéticos. El estado, así, requería del artista mucho más que una actividad "burguesamasturbatoria", que no iría produciendo en Occidente sino la cansina sucesión de "ismos" cada vez más precipitados y subjetivos. El artista tiene, entonces, una misión: explicitar los logros de la sociedad comunista. Nace así, bajo un férreo control administrativo-académico el Realismo Socialista.

Paradoja: algo parecido ocurre, más o menos, en la Europa católica de la Contra-Reforma. La Iglesia necesita y patrocina un arte que visualice y de lustre a sus creencias. Aunque ciertamente impuesto con menos férula.

De esta manera y abolida toda delicuescencia vanguardista, el estado revolucionario soviético optó en el ámbito estético por la vuelta a las formas más tradicionales del arte, aquellas que podían ser comprendidas por todos sin demasiado esfuerzo, ya que formaban parte de un común bagaje de percepción del hecho artístico. Si bien en música se alcanzaron logros eximios, basta escuchar a Khachaturian o Shostakovich, en pintura, lamentablemente se erró en la elección del modelo, decantándose en las más de las veces por una suerte de neo-impresionismo, de pincelada vivaz y suelta, que es el más pequeño-burgués de cuantos estilos pictóricos ha producido Europa, perdiéndose la ocasión de promover una gran manera Neo-lásica, que es desde la Francia revolucionaria, la forma más revolucionaria del pintar para el Estado. Luminosas escenas campesinas con labriegos siempre sonrientes; Lenin, Stalin, Kalinin, y otros prohombres del momento recibiendo infantiles y floreados homenajes, paisajes, bondegoncillos, idílicas y confortables escenas familiares fechadas en… ¡1948!... todo postal y pastiche. Todo bastante inferior de la estupenda pintura zarista del siglo XIX. Naturalmente hay excepciones. Baste con citar los nombres (ninguno de ellos incluidos en esta exposición) de Deineka, Brodsky, Korzhev, Salajov, Zhilinsky o Bulatov, entre otros. Aquí, no obstante es necesario señalar algunas pinturas que escapan del feliz estereotipo: Al regreso del trabajo (1962) de Vasili Striguin, muestra a unos obreros en la proa de un ferry, que cruzando un mar agitado, los devuelve a casa. Tres de ellos parecen leer un periódico, mientras la figura central, de espaldas al espectador, se mantiene erguido con el solo apoyo de sus piernas abiertas. Esa figura cuya ropa zarandea el viento, es un prodigio de fuerza, firmeza y confianza, cualidades esperables en el obrero soviético, cuya vida era tutelada por el Estado. Por su parte, Oleg Leonov es autor del único paisaje que obvia las connotaciones antes indicadas. Pintado ya en 1988, El armonista presenta un trozo de llanura de horizonte bajísimo, lejano y difuso, sobre la que un celaje sin accidentes derrama una luz calma y dorada. Hay un pozo y cercano un banco donde un hombre toca el acordeón. Junto a él una botella y un vaso. Más allá dos cabras. Cabe pensar en el sonido perdiéndose siempre más allá. En llanura infinita y solitaria. La pintura por su carácter extrañado y casi visionario viene a entroncar con el Simbolismo decimonónico de tan gran repercusión en Rusia y con aquel sentimiento "trascendente" del paisaje, en el que el alma eslava mezclaba panteísmo y melancolía…

Pero, también por otra parte… ¿Cómo se podía pintar, en 1984, o que grado de sinceridad cabe otorgársele a obras, como Lenin y la Krupskaya con los niños? Véanla. Verdadera paradoja, no es sino una felicitación navideña en un estado ateo. Y así se escribe la historia.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios