Pagliari lleva a la Kursala la soledad escondida de las mujeres japonesas

  • El fotógrafo italiano muestra en 'Silent Cry' el rostro femenino del fenómeno de los hikikomori · El autor planea seguir plasmando casos similares de 'destierro interior' en Estados Unidos y Europa

Las mujeres de Silent Cry, las mujeres de Luca Pagliari, parecen mirar a través de una pecera. El fotógrafo, que expone estos días en la Kursala, confirma la sensación: el tema de la pecera, de la barrera invisible, está siendo tratado en otra producción, en la que un trucaje del objetivo provoca la fantasía de que la fotografía está hecha a partir de un cristal con agua.

Silent Cry, el trabajo del italiano sobre los hikikomori japoneses, llega a Cádiz tras aparecer en las páginas de El Magazine y antes de comenzar un recorrido, una vez ampliada, por otros centros y galerías de arte en España, Bélgica, Italia y, probablemente, EE.UU. La exposición nos habla del fenómeno que da nombre a los jóvenes que se encierran y rechazan cualquier contacto no virtual con el mundo. Una definición y un problema que se consideran eminentemente japoneses, aunque no lo sean: la edición digital de El Magazine, donde sigue colgado el reportaje de Luca Pagliari, ha recibido una cantidad abrumadora de visitas hablando de personas en la misma situación.

Realmente, ¿se puede vivir de manera diferente algo tan universal como la soledad? Para Pagliari, en Japón existen algunos factores, como la difusión de la tecnología y un cierto tipo de estructura familiar "que facilitan, de alguna manera, que los jóvenes puedan desarrollar este tipo de soledad. Aquí -continúa el fotógrafo- es más difícil que un hijo se aísle en una habitación, es algo que culturalmente no se acepta, se busca una solución... Nosotros entenderíamos sin parpadear que se trata de un síntoma del malestar de la sociedad, que se expresa a través de la reacción de un individuo, pero allí se ve como un fracaso personal, familiar... y se oculta, se encubre".

"En la sociedad japonesa, además -prosigue Pagliari- las relaciones son bastante formales y existe menos contacto entre uno y otro".

Aunque el trabajo realizado no pretende ser un estudio sociológico entre Japón y Occidente, sí que forma parte de una "dirección" en la que "quiero estudiar la soledad como condición eminentemente humana", explica Luca Pagliari. Por ello, el autor pretende seguir profundizando en similares casos de "destierro interior" en Estados Unidos, Bulgaria y Rumania. Italia, España, Alemania y Francia, países en los que Pagliari ha residido, serán protagonistas también de respectivos acercamientos.

Silent Cry es, para el italiano, un trabajo realizado bajo un punto de vista "paradigmático": "Japón como paradigma en sus particularidades -explica-. Tras la crisis de los 90, los japoneses vieron que se perdían certezas absolutas, como el empleo de por vida... Y allí sus absolutos eran principalmente económicos, nosotros los hemos perdidos en todo: política, familia, religión.." Cuestión, reflexiona el fotógrafo, especialmente desoladora: "Yo me considero rabiosamente anticatólico -comenta- pero soy capaz de hacer una abstracción entre lo que es la Iglesia y el sentimiento religioso. Lo que no me gusta es la institución religiosa porque, entre otras cosas, nos han defraudado la posibilidad de vivir realmente la trascendencia... Pero, si no crees en nada más allá de ti, ¿en qué crees?".

En su acercamiento a estas realidades de pecera, Pagliari ha contemplando casos de todo tipo en el centro y en las fronteras del más exacto de los exilios interiores. Entre los casos más extremos, recuerda Pagliari la historia de una chica que se fue a vivir con una mujer que le ofrecía habitación sin pagar el alquiler. La solícita casera tenía un hijo en una situación de enclaustramiento similar. "Y lo que hizo fue proporcionarle una amante", comenta el fotógrafo. Muy acertadamente, Pagliari denomina a esta mujer La Araña. En cualquier momento, es cierto, la joven hubiera podido escapar. Pero La Araña se valía de filamentos pegajosos: la situación psicológica de débito y desamparo y el gran sentimiento de formalidad y obligación que rigen la sociedad japonesa hacían que, de una forma retorcida, escapar pudiera entenderse como una ingratitud. Era la tercera vez que La Araña recurría a esta pauta.

El fenómeno de los hikikomori puede empezar a edades tan tempranas como los 11 ó 12 años, pero es difícil encontrar casos más allá de la cincuentena: "El hikikomori presenta siempre, por motivos de toda índole, un caso claro de inadaptación en un mundo en el que la principal cualidad es la integración en el grupo. Si esto no se da, se produce el conflicto y, ante él, los jóvenes suelen desertar. Los mayores, se suicidan. Y aquí sí hay diferencia de género: las mujeres están más apegadas a la vida".

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