Música renacentista en el Oratorio

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El sábado en el Oratorio de San Felipe Neri y a cargo del grupo sevillano Folengo se ofreció un interesante concierto de música renacentista. Esta vez el barroco quedó a un lado. No hay que sentirlo: de vez en cuando es bueno tener la oportunidad de reivindicar el Renacimiento, sólo sea porque para España fue el periodo más importante de toda la trayectoria musical de su historia. Verdad que jamás hemos podido recuperar aquel status, pero también es verdad que no faltó nunca en la música española individualidades de renombre.

Exceptuando la figura de Josquin des Prés, máximo representante de la escuela flamenca y que el sábado abrió el concierto con su Miserere mei, Deus (única obra religiosa que se escuchó), todas las demás del programa fueron profanas y compuestas por españoles: Antonio de Cabezón, Luís de Narváez, Diego Ortiz, Juan del Encina y tres anónimos del Cancionero de Palacio. De Narváez se escucharon las "diferencias" sobre el popular tema Guárdame las vacas. Esta obra, interpretada como solo de vihuela, laúd o guitarra, tuvo en al actuación del sábado la intervención más brillante de la velada, participando los cuatro instrumentistas en ella. La versión propuesta no menoscabó en ningún momento -a pesar de las variantes estilísticas que se incorporaron a ella- ni el rigor de su estructura ni el encanto de su origen renacentista. De Narváez fue también Mil lamentos, página más conocida por la Canción del Emperador. Antes, Sara Rosique, soprano, había dejado sus cartas credenciales con la interpretación del miserere de Des Prés que ella cantó con expresividad y bello timbre. En Et, la, la, la, de Ninot le Petit, en El grillo de Des Prés y en las cuatro páginas del Cancionero de Palacio, profanas todas, supo Rosique mudar la intención de su canto para hacerlo más popular, tal reclamaban esas páginas.

Guitarras de cuatro órdenes que en el Renacimiento fueron coetáneas de la vihuela y del laúd, además de la gran familia de las flautas con seis de sus miembros, más dos violas de gama y un variado muestrario del instrumental de percusión, "sazonaron" las interpretaciones; instrumentos que estuvieron en manos más que dotadas para hacerlos sonar con la profesionalidad que lo hicieron.

Quién hubiera pensado que la percusión sería capaz de producir la serie de matices que le escuchamos. Hoy que el ruido nos invade, escuchar las delicadas sonoridades que Álvaro Garrido extrajo de su arsenal instrumental nos reconforta de tanto estruendo reinante. Que sea él quien ejemplarice el buen hacer de todo el grupo.

Se asistió a un gran concierto, sonaron fuertes los aplausos, y se ofreció la propina que el público pidió insistentemente.

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