Mujeres entre el cañón y la pluma en la Guerra de la Independencia

  • Cátedra publica 'Heroínas y patriotas. Mujeres de 1808': un repaso por el papel que jugó el género femenino durante la invasión napoleónica · En el estudio participan tres historiadoras de la UCA

La Guerra de Independencia llamó a la mujer a dos frentes casi por igual desconocidos: el del cañón y el de la pluma. La circunstancia tiene lógica si pensamos en términos de pauta, de orden y desorden: la guerra como paréntesis en lo cotidiano.

"La guerra siempre es una coartada para que las mujeres puedan manifestarse -apunta al respecto la historiadora Marieta Cantos Casenave-. Lo sabíamos ya por las dos Guerras Mundiales, y ahora se está empezando a escarbar en otras guerras, como la de Secesión o las invasiones napoleónicas... y lo mismo va a ocurrir en Iberoamérica con las guerras de Independencia. Fernán Caballero, por ejemplo, una autora que se decidió a firmar con seudónimo (mientras que durante los años de resistencia hubo mujeres que firmaron como tales) es un ejemplo de que cuando la guerra acaba, todo vuelve a su cauce".

El libro Heroínas y patriotas. Mujeres de 1808 (Cátedra) repasa algunos de los nombres femeninos que destacaron en el conflicto de hace dos siglos. De los quince perfiles, tres están realizados por investigadoras de la UCA: Gloria Espigado, Beatriz Sánchez Hita y Marieta Cantos Casenave. Es curioso observar cómo la clase social dibujaba una línea de separación entre mujeres de armas y mujeres de letras: las guerrilleras formaban parte del pueblo llano y las aristócratas buscaban hacerse fuertes a través de distintas formas de asociacionismo. "Ya tenían una cultura previa de reunirse entre ellas, cosa que no ocurría entre las mujeres del pueblo", explica Cantos Casenave.

"El nivel de alfabetización estaba marcado por la clase -continúa Gloria Espigado-. El primer grupo, el de las guerrilleras, lo forman las mujeres de estratos sociales más bajos que, por un motivo u otro, estaban cerca del frente o de los sitios: el conflicto se movía muy cerca de su hogar y veían que no tenían más remedio que comportarse con valentía: organizaban los hospitales de sangre, retiraban a los heridos, hacían las comidas... de esa segunda línea es fácil que saltaran a la primera y adquirieran protagonismo".

"Estas heroínas de las que conocemos nombres y apellidos -prosigue- están al principio de la contienda, y son enaltecidas por generales como Palafox. Son figuras que provocan por un lado el rechazo, porque se virilizan, pero por otro es enorme su valor propagandístico: actúan como testimonio, como elemento movilizador. Ronald Fraser apunta que el icono de la mujer valerosa venía a decir: si hasta ellas luchan, vosotros no podéis ser cobardes. De hecho, conforme avanza la contienda, y van cumpliendo su papel, este tipo de mujeres tienden a hacerse más anónimas, y hablamos ya de grupos de mujeres, en general, en Galicia o Valencia".

En un contexto en el que la condición de mujer y ciudadanía ni siquiera llegó a discutirse en Cortes, la libertad de imprenta supuso una pica en Flandes. "Todos entienden que la prensa juega un papel importantísimo en el mecanismo de educación de la ciudad -explica Beatriz Sánchez Hita-. Y también es un medio para adoctrinar e instruir a las mujeres."

Hasta entonces, se defendía la instrucción femenina pero siempre en el ámbito de lo privado: "La proyección pública se reserva a los hombres -indica Sánchez Hita-. Esa realidad debía estar muy asumida. La propia Carmen Silva, que debía ser una mujer de bastante carácter (liberó a las tropas apresadas en Lisboa vistiendo a los hombres de mujeres), se repliega y desaparece en cuanto su marido sale de la cárcel y vuelve a entrar en la escena pública. Aunque yo creo que siempre lo ayudó en la sombra".

Durante los años de encarcelamiento de su marido, Carmen Silva se convirtió en uno de los pocos editores con nombre femenino de la prensa en España: "A algunos no les haría mucha gracia que la mujer pudiera pisarles el terreno -explica Sánchez Hita-. Pero como entendían que era algo fruto de la propia situación, tampoco se negaban a que escribiera".

Esta inusual presencia femenina en esferas que superaban el ámbito de lo privado propició, afirma Gloria Espigado, "un debate en torno a la participación de la mujer en la esfera pública". "Sin embargo -comenta-. Es bastante sorprendente ver cómo muchas de ellas inician su carrera literaria durante la Guerra de Independencia, pero se pierden después con el fin del conflicto. La sociedad masculina intenta restablecer el orden perdido por miedo a esa transgresión femenina".

Los comienzos del XIX marcan un tiempo en el que no sólo era demasiado aventurado asumir cambios de roles sino también -y a pesar de la Wollstonecraft, lectura de cabecera de Frasquita Larrea- para hablar de conciencia de género: "Las mujeres de la época no tienen un discurso sino una causa más allá de ellas -comenta Gloria Espigado-. Utilizan los resquicios que les dejan para entrar pero son tiempos muy duros para demandar derechos para su sexo, así que terminan contribuyendo más a la causa general que a la propia".

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