Arquitectura

Miguel Olivares Guerrero, el arquitecto gaditano del neoclásico

  • Hace unos días se cumplieron 200 años de la muerte de este arquitecto de Ubrique que alcanzó una gran importancia en el siglo XVIII participando en destacados edificios.

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Enmarcada en el neoclásico gaditano, la trayectoria de Miguel Olivares Guerrero, ubriqueño nacido 1748, contempla el oficio desde la base, pasando por todos los estadios posibles que la profesión requería: delineante, aparejador, maestro de obras y arquitecto, titulándose en la Real Academia de San Fernando de Madrid, como las normas impusieron, y por la Academia de San Luca de Roma en una búsqueda de reconocimiento que no le llegaba en su tierra.

Continuador o responsable en general de las obras de otros, meritoriamente en unos casos, polemizado y denostado en otros, actualmente son escasos los proyectos propios de los que tenemos constancia. A pesar de este vacío documental, los existentes reflejan cómo Olivares Guerrero guarda una estricta visión de los cánones al uso de la época. Dispersa en los Archivos aparece de vez en cuando documentación de interés que proporciona datos valiosos en la vida de este arquitecto como testamentos, informes en juicios entre particulares, o dictámenes asociados a propiedades de la Iglesia.

Un breve repaso a su trayectoria hace que lo sentemos con su lápiz y su escuadra como 'delineador' de Cayón en Cádiz tras realizar unos estudios básicos en la Real Academia de San Fernando a la edad de 18 años. El trabajar con Cayón permitió que accediera a obras de interés, así consiguió ser el proyectista de la cúpula de la iglesia Colegial de Jerez, y gracias a esta experiencia es nombrado aparejador de esta obra en 1772.

En su estancia jerezana se casa con Matilde Valcárcel, teniendo seis hijos en nueve años, y gracias a los méritos contraídos en la ejecución de las obras de la Colegial de Jerez, el Cabildo lo nombra maestro mayor a la muerte de Juan de Pina en 1778. Por cuestiones de economía en la obra, en 1783 es obligado a renunciar a este cargo "mirando a su honor".

Este traspiés hace que vuelva a Cádiz reclamado por su maestro Cayón y obtiene el cargo de Maestro Mayor de la Catedral ese mismo año de 1783. Durante el transcurso de las obras, para cumplir las órdenes del momento en materia de ejecución de obras, obtiene el grado académico profesional de arquitecto por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Su proyecto, titulado Panteón para un señor grande y su familia e inspirado en el Panteón de Agripa, le mereció el nombramiento de académico de mérito en febrero de 1787. 

En 1790, y a pesar de tal mérito, es relegado por orden de Carlos V a arquitecto constructor por disputas con otros arquitectos de la obra de la Catedral de Cádiz. En la búsqueda de méritos que le imprimieran una mayor valía, decide hacer a su costa -en su madurez, sin estar pensionado- su grand tour en Roma, consiguiendo el nombramiento en 1792 de la Academia de San Luca de Roma gracias a la bella traza de su Proyecto para un mausoleo. 

Este nuevo título, que lo sitúa como tercer español en conseguirlo, no hace que consiga la estabilidad profesional que él quería, de hecho son escasos sus trabajos para particulares como la casa de los Pazos de Miranda en Cádiz, proyectada en 1795; la ermita de San Pedro de 1801 o la iglesia de San Juan de Letrán, en Ubrique, dedicándose a vivir de las rentas de unos terrenos en San Fernando o a inspeccionar obras de la Iglesia y de la Corona por el mero placer de estar activo, de seguir en contacto con las altas esferas de la sociedad gaditana.

El pasado 25 abril se cumplieron 200 años de su muerte. Sirvan estas palabras para trazar brevemente un recordatorio del neoclásico en la provincia y de uno de sus prestigiosos autores de la Sierra.

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