Memorable pequeño rocanrol

  • Quique González arrebató en El Puerto el corazón a su público y compartió temas con Bunbury

"¿Cómo se hace una canción?". Tras dos horas de recital, Quique González atiende a sus seguidores a las puertas de la sala Mucho Teatro. Un tipo extasiado, con los ojos saltones, pregunta a viva voz. "¿Cómo se hace una canción?". Quique, perplejo, se dedica a poner caras, sus fans esgrimen cámaras digitales y celulares, ya no se estila la caza de autógrafos, así que el músico madrileño, que acaba de ofrecer un concierto memorable, sonríe, intercala algunos "depende" y, ante la insistencia, sentencia: "No tengo ni puta idea". Salen nomás. La gente trata al cantante como si lo conociera de toda la vida, y una chica se despide a lo grande: "Quique, te quiero".

El otro Enrique, Bunbury para más señas, salió antes escopetado, como un púgil abandonando el ring, pero también admitió fotos y algún arrumaco. El artista maño acompañó a Quique en la escena. Tres canciones compartieron ante un público entregado: Backliners, la sensacional Hay partida y una pieza de emoción morrocotuda, Pequeño rocanrol. Dos veces salió Bunbury, tres bises concedió González. En una noche de distancias cortas, el cantautor eléctrico de Lavapiés condujo al personal por caminos raros, calles de Buenos Aires, rincones de la Bahía, bares y pedazos averiados del día. Al frente de una banda "fuera de serie", estremeció al personal, lo llevó a su terreno con ese aspecto medio desvalido medio canalla que tanta ternura despierta entre el público hambriento de verdad.

El poeta acaricia cicatrices con un tacto de puta de lujo, Quique se confiesa en público, aparca la melancolía en doble fila y da rienda suelta a las sensaciones ajenas, abre la caja de música, se dispara en la pierna pa demostrar que no le duele y cambia de guitarras a la velocidad del rayo. Afuera llueve.

La primera aparición de Bunbury activó los teléfonos móviles a tropel, al youtube del tirón. El héroe silencioso lució una hermosa camiseta del gran Bob Dylan, que en verano ofrecerá una decena de conciertos en España, e hizo vibrar a la gente mediante sus recursos vocales y escénicos. "¡Ole los enriques!", exclamó alguien en medio de tanto fervor. Quique estrenó versos, rimó con El Puerto de Santa María, puso en boca del público un estribillo inédito, "¿cuándo vas a venir por aquí otra vez?". Eso pregunta ahora la gente afuera. Hay gente de Huelva, de Almería, de Algeciras, y lo único que quiere es que Quique vuelva otra vez por aquí. Lo tienen delante, con cazadora negra de cuero, carita de cansado y mirada traviesa. Antes, Quique volteó el ambiente con piezas de ayer y de hoy: casi todo el nuevo álbum, que aspira a convertirse en el mejor disco del año en los Premios de la Música, y piezas de anteriores trabajos, algunas de ellas insospechadas. González apenas se repite, cada noche la afronta como si fuera nueva, y la banda se luce. De garabatillo el estilo rompedor de Javi Pedreira, excelente guitarrista que a veces parece una orquesta y otras, un músico de monosílabas. El grupo suena diferente, quizá en sintonía con el humor oscilante del cantante, que se muestra enérgico o intimista, más lírico que años atrás, tímido como siempre, audaz como nunca. Paradójicamente, tras una semana de Levante, Quique se deja La ciudad del viento en el tintero, pero encandila con Salitre y otros temas presentidos. Y al final, en la calle, se abraza con sus músicos, escucha a la gente y musita por lo bajini: "No sabía que tenía tantos fans aquí". El pequeño gran rocanrol ha frenado el tiempo en seco, Quique pone caras para las fotos y conjuga en presente y pretérito imperfecto su humildad y talento. La mejor manera de no sentirse solo.

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