Luis Miguel Parrado, única oreja en una novillada muy deslucida

  • Los utreros de Lagunajanda, bien presentado pero mansos y sin clase, dieron al traste con un festejo nocturno que registró mucho público en los tendidos

La novillada nocturna del jueves sirvió pero para invocar el pesimista adagio de que es muy rara la felicidad completa, porque aunque la novillada de Lagunajanda estuvo bien presentada, sin embargo fue un encierro manso, sin clase que cuando no se rajaba propiciaba embestidas, en unos casos con genio y en otros con desesperante sosería.

O sea, lo que se dice una novillada mala. Pero incluso en casos como este de falta de materia prima, algo se puede apreciar de lo que llevan dentro los novilleros, los tres nuevos en esta plaza. Y así fue en el caso de El Sombrerero, que pese a su lote se vio que está placeado, que tiene oficio aunque anduvo mal con la espada y que anda despierto para esquivar a un novillo complicado que le quiso coger, como su primero.

También se pudo ver que Luis Miguel Parrado, que fue el triunfador cortando la única oreja de la noche y que aunque está muy nuevo y le faltó argumentar sus faenas, tiene cualidades y conecta con el público con la intencionalidad de mantener la muleta templada y planchada.

Pero de quien no pudimos ver nada fue de Dámaso González, que se mostró insulso y sin llegar a interesar al tendido, si bien despacho a sus enemigos con rapidez. Los tres novilleros son pupilos de matadores de toros: El Sombrerero cuenta con Fernando Heredia como apoderado y González y Parrado son hijos del cuerpo: el padre del primero es nada menos que el gran Dámaso González, cuyo valor y temple forman parte de la historia del toreo y Parrado es hijo de Justo Benítez. Pero no bastan apellidos y pupilajes: hay que apretarse los machos.

El primero de El Sombrerero, complicado, engañó a todos porque como perdía las manos se le pegó poco en el caballo y luego fue un problema gordo en la muleta. Ocaña anduvo decidido y esforzado pero oyó los dos avisos. Su segundo fue un novillo rajado y esta vez no iba el utrero detrás de él, sino el novillero detrás del torete. Triste estampa.

Es cierto que el lote de Dámaso fue soso y sin clase, sosería contagiosa que contaminó a un novillero que pasó como una sombra por el ruedo portuense, a pesar de que nos dicen que está muy toreado. Nada que contar más que el buen trabajo de su cuadrilla en banderillas.

Luis Miguel Parrado, con las rigideces de quien lleva muy pocas novilladas toreadas, dejó de talles de interés con su lote. Decido y tenaz, el público se puso de su parte cuando dibujó un cambio de mano al inicio de la faena a su primero. Compuso una faena desigual en la que hubo buenos pasajes, aunque le faltó ese hilo argumental que define una labor de conjunto, pero convenció al público que le pidió la oreja.

En su segundo, de nuevo la decisión ante un novillo ayuno de casta y clase; y su determinación, ya que fue cogido en un circular y, de nuevo en pie, repitió el cite para consumar la suerte. Lo dicho, buenos detalles, lo que los taurinos definen como "tiene cositas".

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