Luces y sombras

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Cuatrocientos años después de que el dramaturgo inglés William Shakespeare estrenara su famosa y controvertida historia de amor y odio, que ya previamente recreara en formato de cuento el italiano Matteo Bandello, nos encontramos con la propuesta del actor y director británico Will Keen, especialista en la obra del Bardo de Avon que, dando un salto en el vacío, no parece medir bien las distancias y ocurre lo que se vivió el sábado en el Municipal porteño.

Ya sabemos lo complicado y arriesgado que resulta poner en pie cualquier producción artística, y lo doloroso que resulta comprobar que todo tu esfuerzo se difumina cuando el público objetivo, en este caso el espectador, reacciona de manera contraria a la esperada. Infaustamente este es el caso que nos ocupa.

Con una puesta en escena valiente y comprometida ante un clásico de la literatura mundial como es Romero y Julieta, en donde el director quiere hacer hincapié con un decorado minimalista y una estética del movimiento muy cuidada, en el resalto de la palabra por encima de cualquier otra consideración, es precisamente ésta la que se echa en falta en una tragedia de amores y tirrias ancestrales en la que los actores protagonistas Alejandro Tous (Romeo) y Ruth Núñez (Julieta), parecen abocados de por vida a cantar la célebre y martilleante canción de Karina. Ni eran Romeo ni Julieta, ni estaban en la Italia medieval. En este caso el poder mediático de la televisión sirvió tan sólo como efecto llamada, pero la sustancia, aquello que constituye lo más importante de algo, se diluyó como el azucarillo en un descafeinado de máquina.

La discreción del resto del elenco se salva con la interpretación ajustada y eficaz del actor algecireño Manuel Solo, dando vida al mundano Mercurio y al Príncipe, y a la actriz gallega Mabel Rivera en el más que creíble personaje de Ama.

No parece entendible que una producción de estas características, tan cuidada a nivel de producción y distribución, adolezca de la autocrítica necesaria para saber realmente si su producto está lo suficientemente maduro para dar el salto a la calle. Considero que parte de la culpa recae indefectiblemente en el propio Keen. El teatro de la palabra requiere que ésta la oigan y la entiendan también los de la fila dieciocho, por lo menos en el Teatro de El Puerto. En esta ocasión las sombras pudieron con la luces.

El público asistente estuvo en todo momento sumamente respetuoso a tenor de lo que estaba viendo, y tan sólo en el descanso de quince minutos parte del mismo abandonó la sala. El que quedó, aplaudió al final con religiosa cortesía.

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