música Crónica del concierto en Cádiz

Lori Meyers ofrece un espectacular concierto en la sala Imagina

  • El local registró un lleno absoluto para celebrar los hits de la exitosa banda granadina

Las diferencias térmicas pueden acabar con la salud de un sujeto hercúleo, pero nunca con la de cientos y cientos de enfebrecidos fans de una banda que vende discos como rosquillas. El amor incondicional te transforma, aumenta tus defensas como una pinta de danoninos y te permite soportar el infierno sin despeinarte.

Pero yo no soy fan de Lori Meyers (qué se le va a hacer) y sufrí como pocos los cerca de cuarenta grados que había dentro de la Sala Imagina hacia las doce de la noche. Perdí tal cantidad de líquidos (indispensables para no abandonar este mundo a destiempo) en apenas diez minutos que opté por pasearme por el magnífico jardín practicado en los aledaños de la sala a pesar del viento del norte, que volvía a poner cada trozo de piel en su sitio.

Lori Meyers son una bomba. Tienen un muy buen directo y saben conectar con sus adictos con una facilidad pasmosa (como la nicotina con los fumadores). Pero siempre tendrán que enfrentarse a los argumentos puristas procedentes de los críticos más adustos: lo suyo es una fórmula bien defendida, nada más.

Y algo (sólo algo) de razón no les falta, la verdad. De las cerca de treinta canciones que tocaron durante la madrugada del domingo, veinte seguían la siguiente estructura: introducción guitarrera calcada de The Strokes, melodías vocales planeteras, letras poperas sobre la poesía de lo ordinario, crescendo instrumental y final emo.

No exagero en absoluto. El problema de este tipo de bandas es que corren el peligro de terminar convirtiéndose en una mera parodia de la música que defienden. Más que nada porque hacen hits o singles uno detrás de otro, sin dejar espacio a la experimentación, la reflexión o la mediocridad. Todo debe ser brillante, definitivo y emocionante.

Por otra parte, tampoco entiendo esa manía tan extendida actualmente de hablar de la música independiente tapándose la boca, para terminar afirmando que todos los gatos son pardos y que eso de lo indie sólo es una actitud o un estilo.

No señores, para nada. Una cosa es lo que nos han terminado vendiendo como independiente y otra Tom Waits abandonando Island Records porque no le dejan hacer la música que quiere. Una cosa es Kurt Vile meciéndose sobre su guitarra sin atender a nada salvo a lo que le sale de su abulia y otra una estética y un sonido que parte mayormente de la concepción de la música como fórmula comercial.

Y ojo, que a mí lo que hacen Lori Meyers me parece tan respetable como lo que pudiese hacer Nick Drake antes de atiborrarse a antidepresivos; pero creo que es importante llamar a las cosas por su nombre, más que nada porque somos monos gramáticos que nos alimentamos de palabras.

Hacer música comercial no tiene absolutamente nada de malo. Siempre ha estado ahí y ha dejado auténticas obras maestras (los primeros The Beatles, The Kinks, algunos discos de Led Zeppelin…); pero no juguemos a la confusión: una cosa es lo que hace Bill Callahan y otra la que hace Cristina Aguilera…

A veces me da la impresión de que hay cierto complejo a la hora de reconocer que se hace mainstream. Una pena, la verdad, porque no tiene sentido ninguno.

Pero a lo que iba: el concierto de los granadinos fue sublime, sean independientes, mainstream o los hijos de Parchís. Es lo de menos. Cada minuto de las dos horas de actuación fue vibrante, emotivo y grandilocuente. Qué facilidad la de estos chicos para hacer un pop enérgico que arrasa en las listas de ventas como pocos.

Además tuvieron tiempo para contentar los ruegos de cada uno de los miembros del ejército de incondicionales que tomaron la Sala Imagina mucho antes de que la banda se subiera al escenario.

Luciérnagas y mariposas multiplicó exponencialmente las ovaciones que venían llenando la Imagina desde el primer tema, y destacó muy particularmente por sus estructuras arriesgadas y una melodía menos planetoide (perdón por la insistencia, creo que tengo un tic verbal).

Más interesante aún me pareció Corazón elocuente, por su introducción al bajo y las guitarras a lo Iggy Pop y los Stooges; pero fue sobre todo De superhéroes la que me cautivó: una canción pop perfecta, con una buena letra, simpática y bien construida, y con unas guitarras enérgicas sensacionales.

En lo que se refiere al público, éste cantó, bailó y celebró todas y cada una de las canciones, por lo que se me hace bastante complicado destacar un momento particularmente álgido dentro de la primera hora de actuación; aun así, a vuelapluma, creo que Luces de neón arrancó más alaridos que el resto del set.

Tras la soberbia De superhéroes, Lori Meyers (Los Lori, que decía el público) se retiraron cinco minutos a descansar y departir, volviendo con la parte más anodina del recital: baladas de medios tiempos emotivas y desgarradas con unos arreglos al piano y a los violines (sintéticos, por supuesto) que no entendí muy bien.

De esta forma, los granadinos supieron reducir el histérico ritmo del concierto sólo para, a continuación, lanzarse sobre los temas más conocidos de su discografía, como Mi realidad y La caza, que terminaron de convertir la Sala Imagina en una fiesta perturbadora de melenazos, bailes a lo Julian Casablancas y air guitars.

En definitiva, un conciertazo en el que Lori Meyers demostraron por qué están donde están y por qué son capaces de meter en una sala horneada a cientos de personas sin que ni una sola de ellas se queje por la irreparable pérdida de líquidos.

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