Long Ryders, bandera en los 80 del rock americano, encabeza el 'otro Monkey'

  • El Freek, origen de la cita de música independiente de El Puerto, trae al grupo de Sid Griffin en el puente de mayo con un cartel de rock por el rock

Antes de que naciera el Monkey Week, una muestra con un concepto de ordenación del negocio del fenómeno y análisis de la música independiente, sea lo que sea eso, El Puerto tuvo las mismas madres para parir al hijo menos conocido, el mayor, el Freek. Ahora el Monkey crece y emigra a Sevilla, pero los mismos organizadores saldan su deuda con su localidad. La Mota producciones, estructura empresarial del Monkey formada por Tali Carreto y los hermanos Guisado, prometió que no abandonaría El Puerto y no lo ha hecho. La prueba está en el próximo puente de mayo. El veraniego Freek se hace primaveral.

Su segunda marca, Freek, tiene otro concpeto, más centrada en el escenario, en el aficionado, que en la industria, como explica Carreto, que define el Freek como un festival "más convencional, pero muy atractivo para quien sólo se proponga asistir a buenos conciertos".

Ya el año pasado ofrecieron esa receta en verano con la presencia de Redd Kross o Bellrays. Este año regresa más extenso, con dos días por delante, en otra fecha, en el mismo escenario -Puerto Sherry- y con otros objetivos. No van a llenar cada rincón de El Puerto de música, como se proponía el Monkey en cada bar del centro, pero a cambio ofrece el mejor cartel musical del año en la provincia, incluso superando por varios cuerpos los nombres que encabezaron los dos últimos años los luminosos del Monkey. Porque el Freek, que al igual que el Monkey, siempre quiso rescatar bandas de la estantería de discos, sitúa en el escenario a nada menos que la que fue una de las mejores bandas de rock americano de los años 80, los Long Ryders. Y acompaña la fiesta con dos combos australianos de mucho recorridos, Money for Rope, que fueron lo mejor que se pudo en el Monkey de 2014 y The Meanies, punkarreo de principios de los 90. Por si todo esto les parece poco, James Hunter, el soulman blanco británico, un tipo divertidísimo con un magnífico y sólido repertorio del mejor rhythm and blues. Pinchen de inmediato estos nombres en Youtube y Spotify y verán que no les miento.

Además, el Freek Fest 2016 incluye un cartel nacional, pero no impacta tanto como el alarde internacional. En cualquier caso, ahí están Los Bengala, Los Vinagres o Miraflores, todos ellos con originales propuestas.

Pero está claro que es Long Ryders, la banda de Sid Griffin, la más mitológica de toda la oferta congregada. Su disco State of our Union se vendió como rosquillas en la España 1986 y su single, Looking for Louis and Clark, tuivo un notable éxito en las listas y en las radios de la época. Suponía una reconciliación de los gustos musicales de los aficionados con el rock americano de raíces que ahora goza de una magnífica salud y que , por entonces, estaba alicaído y tristón aplastado por las emergentes teconologías de la época con sus sintetizadores y sus baterías eléctricas. Ante eso, Long Ryders suponían frescura de guitarras y ritmos limpios, con canciones construidas a la vieja uzanza narrando buenas historias y perfectamente ejecutadas. La intrusión de Long Ryders entre los grupos de moda fue un triunfo del buen rock and roll, una rebelión contra quienes lo daban por envejecido y agotado.

El responsable de esa rebelión fue, como decía, Sid Griffin, el líder y alma de la formación, estudioso de Dylan y Gram Parsons que había dado sus primeros pasos a finales de los 70 como miembro de otro magnífico grupo de Garaje hoy ya un tanto olvidado, los Unclaimed. Originario de Kentucky, con Long Rydes volvió la mirada a la música con la que había crecido.

De modo que vuelven los Long Ryders, envejecidos, qué duda cabe, pero volverá a sonar con inevitable nostalgia aquella maravilla country, deliciosa, llamada (Sweet) Mental Revenge con la que uno se comía kilómetros de la Nacional IV como si fuera la mismísima Ruta 66.

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