El Litográfico, un museo decorado

  • El equipamiento cultural carece aún de un plan museográfico que haga comprensible el recorrido ante el valioso legado de los Müller · Se ofrecen didácticas visitas guiadas, pero previamente concertadas

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Dos años hace de la última inauguración vivida en el Museo Taller Litográfico de Cádiz, que desde 1994 ha reabierto sus puertas en otras dos ocasiones más. Hace veinticinco meses que el valioso legado de los hermanos Müller -integrado en su mayoría por enormes máquinas de litografía manual y auxiliar, litografías originales y más de 1000 piedras litografiadas- lucen en las distintas salas recién reformadas que componen este espacio, sin más señas que el título en castellano de cada objeto y el año de su creación. El plan museológico brilla por su ausencia en este enclave sito en las Puertas de Tierra, haciendo del Litográfico un museo bien decorado, pero con un recorrido que se hace prácticamente incomprensible ante los ojos de los visitantes no expertos, que solo pueden acceder a sus contenidos de una forma aislada, sin hilo argumental que les guíe por la interesante práctica litográfica. De ahí el poco éxito de un equipamiento que no logra remontar considerablemente en número de visitantes, ni tan siquiera tras reabrir sus puertas en junio de 2010, tras las obras de adecuación y mejora del emplazamiento.

Nada más pisar el equipamiento cultural, el usuario encuentra en la recepción del Museo dos trípticos con información genérica sobre la litografía y sobre el papel histórico que Cádiz ha adoptado en el terreno, hasta que el Ayuntamiento de Cádiz adquirió estos fondos de la antigua litográfica fundada en Cádiz en 1861 por Jorge Wassermann y cuyo taller adquirió posteriormente Nicolaus Müller en 1870. Pero ni una línea consta en estos folletos sobre la propuesta del centro, de los contenidos de cada una de las seis salas que componen el bonito emplazamiento o de cómo se utilizaban y realizaban sus riquísimos fondos.

Esta carencia se suple con la atención cariñosa, especializada y personalizada del personal del centro. Luis de Rivas es uno de los técnicos que trabajan en el Museo Litográfico, parte de su alma, podría decirse, cicerone de las visitas guiadas -previamente concertadas- que se ofrecen en grupos de al menos diez personas. Aunque también se realizan algunas excepciones si algún usuario está realmente interesado en conocer los pormenores del Litográfico de forma individual.

De su mano la visita al Museo Taller Litográfico se transforma en un recorrido comprensible, ameno, didáctico y repleto de guiños a la historia de la ciudad. Unas manos que entran en faena nada más comenzar la visita, con las que la historia litográfica gaditana toma vida para grabarse en la mente de los grupos que asisten, entre los que figuran todo tipo de asociaciones y colectivos, centros y colegios. Sin ir más lejos, en lo que va de año han realizado la visita de 54 grupos (con un total de 1491 personas), que sí han podido acceder a los entresijos fundamentales de la litografía.

El técnico, experto en técnicas de grabado y estampación, se adapta de forma camaleónica a cada tipo de visitas, a los que se ajusta con los contenidos más sugerentes, como muestran las copias de Bob Esponja que circulan por el taller de litografía, en busca de la atención de los benjamines.

En este taller desembocan las visitas guiadas tras recorrer las distintas salas del centro. El punto de encuentro con los grupos tiene lugar en la propia recepción, donde se difunde la historia de los glacis, contraminas y sistema defensivos de las Puertas de Tierra, donde se erige el Museo. Acto seguido se muestra la maquinaria con la que se ejecuta la compleja técnica de la litografía. Desde una mesa de trabajo ubicada en la sala primera se enseña cómo se fabrican los lápices litográficos, se granea la piedra con arena de playa, los materiales que utilizaban para dibujar con gran precisión al revés en la piedra -que se hacía con un espejo para la posterior estampación-, o las técnicas de acidulado, entintado y estampación, desde algunas de las prensas que atesora el centro y los artículos que se exhiben en las distintas vitrinas. También se exhiben algunos de los tesoros de la colección, como la primera de las estampaciones realizadas por la firma alemana, unas vistas de Cádiz y San Fernando realizada en 1861 o algunas cromolitografías -en las que llegaron a usar magistralmente hasta diez colores-, entre otros objetos.

El espectador se convierte en agente activo del proceso ya en el propio taller, en la planta baja, donde prueban incluso de primera mano cómo se realizan cada uno de los pasos hasta conseguir la estampa litográfica y así llevarla como recuerdo de la visita. El grado de satisfacción queda reflejado en las encuestas que se realiza al final, donde las visitas guiadas salen muy bien paradas frente a la valoración del recorrido del propio museo.

Un museo que es una joya en bruto que a poco que se pulimente brillará con luz propia, más allá de las visitas guiadas. Tan solo hace falta dotarla de contenidos más didácticos y explicativos, a fin de difundir el mensaje, que al fin y al cabo es de lo que se trata. Tampoco estaría mal emprender un programa de actividades continuado en el tiempo, como los talleres puntuales de grabación que se han realizado con gran éxito entre el público. Un pequeño empujón, en definitiva, para hacer del Litográfico un museo vivo en contenidos, que no un bonito decorado.

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