Landero y el juego de la escritura

  • Invitado por la Fundación Fernando Quiñones, el autor visitó ayer la Casa dela Cultura de Chiclana para conversar sobre 'El arte de contar'

Una excusa tan amable como es dialogar sobre el oficio de escritor fue la que trajo a Luis Landero (Alburquerque, 1948), en la tarde de ayer, a la Casa de la Cultura de Chiclana. Autor atípico, Landero cultiva la buena costumbre de escribir sólo cuando tiene algo que decir, tarea que desempeña en un castellano limpio y preciso.

-Imparte clases en la Escuela de Arte Dramático de Madrid. ¿Qué intenta en su asignatura?

-Yo imparto Literatura Dramática. Y lo primero que intento es tratar de contagiar el amor a la lectura, por supuesto: transmitir mis experiencias de escritor, de lector, el placer de amar los detalles, de leer con pasión y sabiduría, de enlazar argumentos... También el placer del esfuerzo o la disciplina, que son unos valores que hoy no están en el mercado.

-Publicó Juegos de la Edad Tardía a los cuarenta años. ¿La lección implícita es que para escribir hay que vivir?

-Desde luego. Con eso no me refiero, por supuesto, a que haya que vivir muchas aventuras. Kafka o Verne apenas salieron de su mundo en toda su vida. Un escritor es el que sabe mirar, el que sabe observar, aunque sea dentro de un pueblo o un sitio pequeño.

-Tengo la impresión de que para escribir hay que colocarse en el umbral, que hay que estar dispuesto a sorprenderse.

-Claro. Para escribir hay que observar y para observar hay que asombrarse, hay que mantener la capacidad de asombro de cuando se era niño. La capacidad de asombro es la madre de la creación y del conocimiento. De hecho, lo que yo más temo como escritor es precisamente perder la posibilidad de sentir, de que se me marchite el corazón. Mirar, asombrar, conmoverse. Esas son las armas.

-¿Por qué tanta prisa por ver nuestros nombres en la solapa?

-Porque el éxito es una droga muy adictiva y hoy, tener éxito es relativamente fácil, caer en la cadena de presentaciones, televisión... el que lo conoce, no quiere abandonarlo. Pero uno termina haciendo no lo que uno quiere sino lo que les gusta a los demás.

-Entre la publicación de El guitarrista y Hoy, Júpiter pasaron cinco años. ¿Es difícil hacerse respetar los silencios?

-Mis editores me conocen y respetan mi ritmo y, en ese sentido, no tengo el menor problema. Tampoco lo admitiría. Yo no creo que vaya a perder ningún tren: si en vez de veinte novelas, uno escribe diez, no pasa nada. Uno puede o debe callarse un tiempo, estar en barbecho o cerrado por reformas. Y luego, resurgir con un mensaje.

-¿Escritor es el que escribe o el que publica?

-El que escribe, absolutamente. Escritor es el que no puede vivir sin escribir.

-¿Qué opinión tiene de los talleres literarios?

-Esa es, justo, la parte técnica. Pero primero hay que tener algo que contar y, luego, tratar de desarrollarlo. Lo que se llamaba inventio, dispositio, locutio. La dispositio viene a ser la estructura. Los talleres son algo que se ha puesto de moda y pueden ser válidos, aunque siempre he pensado que lo mejor es leer a los grandes. Ellos son los que te enseñan si te dejas.

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