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Jugando al cine, Soderbergh descubre la perfecta Modesty Blaise

Thriller, EEUU, 2011, 93 min. Dirección: Steven Soderbergh. Guión: Lem Dobbs. Fotografía: Steven Soderbergh. Música: David Holmes. Intérpretes: Gina Carano, Ewan McGregor, Michael Douglas, Channing Tatum, Michael Fassbender, Antonio Banderas, Bill Paxton, Michael Angarano. Cines: Bahía de Cádiz, Bahía Mar, Ábaco San Fernando, Las Salinas, Victoria y Yelmo.

Lo mejor de Steven Soderbergh es su sentido de la imagen. Lo peor es que carece de alma. Por eso su filmografía tiende a rozar la fría y superficial perfección de un anuncio de vermú. Cuando tiene un buen guión dramático convencional cuenta muy bien la historia en imágenes a las que da un toque de distinción (Erin Brockovich, El soplón, Contagio). Cuando hace nuevas versiones de éxitos populares de los 50 logra armonizar el cine de acción con su sofisticada estética de anuncio de vermú (saga de Ocean's...). Pero cuando ha de vérselas con tramas dramáticas serias (El buen alemán), con biografías de personajes históricos (Che) o con ciencia ficción metafísica (Solaris) su pompa de jabón es incapaz de soportar tanto peso. Y estalla.

No es el caso de esta película, habilidoso juego de estilo con las películas de espías setentonas que descarna una de sus tramas más convencionales -la agente molesta que debe ser eliminada y vuelve toda su mortífera sabiduría contra quienes fueron sus jefes- hasta dejarla en los huesos. Para después construir sobre ese esqueleto una silenciosa coreografía de la violencia. El experimento podría recordar el juego de Godard con el cine negro y la ciencia ficción en Lemmy contra Alphaville. Soderbergh adora a Godard. Pero los adoradores no se convierten en sus dioses. Por eso Indomable es un apreciable ejercicio de estilo al que hay que agradecer que renuncie a todo efectismo, se concentre en largos planos y confíe la espectacularidad a las violentas acrobacias de los cuerpos. Cabe preguntarse para qué tanta violencia muda -sólo golpes, cuerpos estrellándose contra el suelo u objetos estrellándose contra ellos, huesos crujiendo: el combate en la suite del hotel dublinés, sobre todo- en una película tan voluntariamente fría, superficial y distante de la realidad. Pero sería una pregunta sin sentido. Se trata de un juego del cine con el cine. De un divertimento muy bien rodado. Una nada bien dicha.

Adornada con un reparto de lujo. El hallazgo es la gélida esfinge llamada Gina Carano, profesional de la lucha -era una estrella del programa American Gladiators- afortunadamente descubierta para el cine por Soderbergh, tan poderosa presencia en la pantalla que no necesita de dotes interpretativas ni de sus habilidades karatekas para justificar su presencia. Su mirada, su cara, su gesto y su cuerpo piden a gritos que Tarantino o el propio Soderbergh la conviertan en Modesty Blaise, la agente secreta protagonista de los cómics y novelas baratas que Travolta leía en el retrete en Pulp Fiction y Joseph Losey llevó al cine en un divertido disparate pop sesentón.

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