jornadas sobre la risa

Hacerse un Schopenhauer

  • La Fundación Ory reúne a los literatos Juan Bonilla, José María Conget e Hipólito Navarro para que se rían de (con) la literatura

Hipólito Navarro, Conget, Nieves Vázquez y la coronilla de Juan Bonilla, ayer en el salón de actos de la Fundación Unicaja. Hipólito Navarro, Conget, Nieves Vázquez y la coronilla de Juan Bonilla, ayer en el salón de actos de la Fundación Unicaja.

Hipólito Navarro, Conget, Nieves Vázquez y la coronilla de Juan Bonilla, ayer en el salón de actos de la Fundación Unicaja. / JULIO GONZÁLEZ

Kafka, Nabokov, Auster, ¡el padre Vilariño!, ¡Schopenhauer! ... Ayer en el espacio cultural de Unicaja, organizado por la Fundación Carlos Edmundo de Ory, se habló de la risa. No del humor necesariamente, sino de la risa. Y salieron a relucir todos esos nombres, sí señor.

Los organizadores juntaron a un aragonés que estudió con los jesuitas de los 50 -José María Conget, autor de la Trilogía de Zabala-; a un onubense hijo de un emigrante a Alemania que se crió en lo más profundo de la Sierra de Aracena en los 60 -Hipólito Navarro, biólogo, cuentista empedernido y autor de Las medusas de Niza-; y a un jerezano que se asomó a la adolescencia en los 80 de la mano de la bruja Avería "en unos años que la risa era casi una imposición desde la televisión estatal" -Juan Bonilla, premio Biblioteca Breve, Bienal de novela Vargas Llosa, etc.-

Un poco azorados al principio, (¿de qué se habla cuando se habla de la risa en la literatura?), los intervinientes, ante más publico de lo que es habitual en este tipo de contubernios en Cádiz, se fueron soltando a base de hablar de las primeras cosas de las que se habían reído, que ahí es cuando mencionó Conguet al padre Vilariño, que era un personaje de cuidado y de obligada lectura en los centros jesuitas de la época: "Nos daban para que leyéramos unas cosas que trataban de matrimonios que se estaban siempre peleando. Como en los tebeos, vaya. Y ahí leo un insulto que era 'zarrapastringa'. Es la primera vez que recuerdo haberme carcajeado leyendo. No sabía lo que significaba, pero me hizo una gracia inmensa".

Porque ahí iba a tener que matizar esa diferencia Bonilla entre humor y risa. "Hay escritores humoristas que están bien, pero no te ríes, físicamente no te ríes. Pero yo me puedo reír mucho con escritores malísimos, reírme físicamente, lo que diríamos que es una risa mala".

En lo que coincidieron los tres fue en su descubrimiento adolescente, bachiller más bien, de que en esa cosa tan solemne que era la literatura para un escolar tenía cabida la risa. Por ejemplo, Hipólito Navarro aseguró que quería contar historias desde muy pequeño y que le hizo mucha ilusión quemarse una mano porque durante un tiempo fue manco "y formé parte de la mancomunidad de escritores mancos junto a Miguel (Cervantes) y Valle (Valle Inclán)", pero a lo más que llegaba a la hora de contar historias era a contar chistes. Porque la gente que escribía, en su imaginario, no contaba chistes. "Hasta que un día cayó en mi mano un librito que se llamaba Historias de cronopios y famas (Cortázar) y un tipo me daba instrucciones para subir una escalera, que yo me decía que cómo podría haber subido escaleras todo este tiempo sin el manual de instrucciones. O contaba una historia de un velorio que te partías".

Algo parecido le pasó a Bonilla con Carlos Edmundo de Ory. "Fui a un acto en el que estaba él y me quedé sorprendido. Levanté la mano y dije: pero esto es como Asterix y Obélix. Creo que lo has pillado, me dijo".

Esta anécdota sirvió al autor de Prohibido entrar sin pantalones para hacer una reflexión sobre cómo los españoles nos enfrentamos a nuestra literatura: "En el siglo XX posiblemente no hubo un escritor más influyente fuera de España que Ramón Gómez de la Serna. En cambio aquí le tratamos como a un escritor muy menor, casi infantil, con sus greguerías. Entendemos la literatura como lo solemne. Y por eso me alegré tanto del Cervantes que le dieron a Eduardo Mendoza". E hiló Navarro acusando a un determinado fenotipo de finales de los 70, tirando a jipi tardío, "que en vista de que se había acabado el realismo social con el que nos habían amargado en el bachillerato, nos dijo vamos a seguir amargándote la vida y ahora tienes que leer a Herman Hesse... y luego a Tagore... y ahora Kafka. Pero ahí pincharon porque a mí Kafka convirtiéndose en insecto me hacía un montón de gracia".

Quitó culpas Conget, que recordó que Cannes jamás había dado una palma de oro a una comedia. Vaya, que lo de la solemnidad era universal. Quiso citar a un escritor serio como Marsé para mencionar uno de sus cuentos, Teniente Bravo, que era la historia con la que más se había reído a pesar de que el personaje acababa dando lástima. Bonilla lo suscribía con el Quijote: "Hay un momento en que el Quijote es tan íntimo tuyo que ya no te puedes seguir riendo aunque todo siga siendo muy cómico. Es como reírte de un pariente, un amigo..." Lograr eso, según Bonilla, es lo más próximo a triunfar al escribir: crear un personaje con el que te sientas implicado hasta el punto de sufrir por las peripecias absurdas que le impone el creador.

P.D.: Lo de Schopenhauer, hacer un Schopenhauer, es una cita sobre la prostituta filósofa de Cómo acabar de una vez por toda con la cultura, de Woody Allen. Un libro necesario si hablamos de la risa. Fue citado.

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