Guiños para una mirada cómplice

Cuando se hace balance de la realidad artística española, no pasa desapercibida para nadie que los artistas granadinos copan mucho espacio de la creación contemporánea. Habría que remontarse muy atrás en la historia para encontrar un grupo tan importante como el que actualmente existe, con artistas que han compartido algo más que un tiempo y una zona geográfica. A principios de los noventa existió una serie de jóvenes, plenos de entusiasmo artístico, que llenaban de energía las recién inauguradas estancias universitarias del viejo manicomio que existía en la que, entonces, se conocía como Autopista de Badajoz. Aquel grupo, amplio en número -Emilio Almagro, José Piñar, Santiago Ydáñez, Paco Pomet, Jesús Zurita, Simón Zábell, Ángeles Agrela, José Miguel Chico López, Marisa Mancilla, Joaquín Peña-Toro, Paloma Gámez… y Domingo Zorrilla- tenía muy claro que casi todos sus componentes estarían al margen de lo que era habitual -entonces y ahora- en los alumnos de Bellas Artes: ser profesor de dibujo en un Centro de Secundaria. Muy pronto, empezaron a conquistar espacios y, muy bien dirigidos por Emilio Almagro, que fue el que se encargó de volver a dar vida a la antigua Galería Palace, ya con el nombre de Sandunga, dieron sentido a un arte que estaba necesitado de muchas y buenas proposiciones.

Domingo Zorrilla, uno de aquellos iniciáticos impulsores, ocupa espacio expositivo en el palacio de los Condes de Gabía, centro de muchas iniciativas paralelas a la aparición de aquel colectivo. Es, probablemente, el pintor de su generación con menos trascendencia pública, que no artística. Su trabajo es más callado, pasa más desapercibido en las exuberancias de los medios artísticos; pertenece mucho más a la silente realidad del espacio creativo, ese estudio de la Azucarera del Genil, donde otros tantos grandes artistas como él mantienen vivo y con vocación universal el arte que se hace en Granada; un centro de producción donde los actos creativos se alternan con partidos de futbolín - Ydáñez y Pomet como compañeros de un viaje, también en esto- para dar sentido a una realidad, en la que la existencia cotidiana genera -y así debe ser- muchas de tan buenas circunstancias artísticas como las que, allí, se dan cita.

La pintura de Domingo Zorrilla, serena, reflexiva, impregnada de rigor plástico, siempre ha estado poseída de una cierta ambigüedad. En un principio no pasó desapercibida su fortaleza matérica; con argumentos plásticos que inundaban de contundencia expresiva los soportes, para, al mismo tiempo, suscitar nuevos registros significativos que marcaban atractivos juegos visuales. Posteriormente, la fuerza gestual de la materia se atemperó, no así la circunstancia ilustrativa de resultados imprevisibles. Zorrilla juega con el relato, lo abre a infinitas posibilidades e implica a la mirada para que ésta busque inesperados nuevas rutas identificativas. Pero, no sólo la pintura del artista jiennense se nutre de efectismos visuales que atrapa al espectador, en su obra nos encontramos con un discurso conceptual amplio, de índole reivindicativo, transmisor de una naturaleza corrompida por la mano del hombre que impone infinitos desajustes.

Muy buena esta exposición de Domingo Zorrilla en uno de los centros impulsores de ese arte que, desde Granada, conquista parcelas sin fronteras. Muestra, en definitiva, tan justa como necesaria.

Palacio de los Condes de Gabia Granada

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