Freud se convierte en detective en una gran novela de suspense

La primera y única visita del padre del psicoanálisis, el vienés Sigmund Freud, a los Estados Unidos, sirve de excusa a Jed Rubenfeld (uno de los principales expertos en Derecho Constitucional de su país) para tejer una novela negra elegante y culta que cautiva al lector desde su arranque. La interpretación del asesinato (Anagrama) nos sitúa en la primera década del siglo XX en la incipiente Nueva York de los primeros rascacielos.

La historia arranca con el asesinato de una joven en circunstancias, digamos, delicadas, en un lujoso apartamento de uno de los edificios más exclusivos de la ciudad, el Balmoral. Estaba atada, completamente desnuda y había sido azotada y estrangulada con una elegantísima corbata de seda blanca, en lo que quizás fuera un juego sexual que rebasó todo límite. Al día siguiente, una joven heredera (Nora Acton) consigue sobrevivir a un ataque que lleva la firma del mismo asesino. La hermosa aristócrata tiene las claves para descubrir al sádico, pero el estado de schok en el que se encuentra le hace perder el habla y borra de su memoria todo lo relacionado con el incidente.

La familia pedirá al joven doctor Younger que psicoanalice a Nora con la supervisión del propio Freud.

A partir de ahí la historia tiene una presentación soberbia y un nudo interesante. Rubenfeld aprovecha su pasión por William Shakespeare y por Freud para ofrecer una visión muy particular de los escritos de ambos. Además, retrata con todo lujo de detalles la pujante alta sociedad neoyorkina, tan exclusiva como la bostoniana de Henry James.

El viaje de Freud al Nuevo Mundo en 1909, en el que estuvo acompañado por uno de sus discípulos más notables, Carl Jung, tuvo como propósito dar una serie de conferencias sobre Psicoanálisis en la Universidad de Clark, en Massachussets. El título de doctor honoris causa que le otorgó esta institución fue el primer reconocimiento público que el austriaco recibió por su trabajo. No obstante, y a pesar del éxito de su visita, en años posteriores siempre habló como si algún hecho traumático le hubiera acontecido en los Estados Unidos, a cuyos habitantes llegó a llamar "salvajes". El autor se sirve de esta animadversión para hacer sus propias conjeturas y desarrollar una novela de suspense muy inteligente, escrita con un lenguaje culto y con unos personajes bien definidos.

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