arte

Fotografía llena de intensidad barroca

La Sala Rivadavia, ese espacio importante que centraliza el circuito expositivo de Cádiz, se encuentra situado en lo que es el consulado de Argentina. Cada temporada, Eduardo Rodríguez programa una muestra en la que un artista argentino presenta su actividad creativa. Para esta ocasión se ha traído la impactante fotografía de Arturo Aguiar (San Juan, Argentina, 1963), un artista cuya obra patrocina muchas y variadas miradas. En primer lugar, nos encontramos esa filosofía estética que anima gran parte de la realidad artística sudamericana, donde el barroquismo de la forma y del concepto se hace bien patente, con una especial decantación hacia temas -también de naturaleza barroca - donde los bodegones, el retrato y las abigarradas escenografías nos acercan a un tenebrismo lumínico de connotaciones pictoricistas.

La exposición de Rivadavia nos conduce por un atractivo espacio fotográfico donde los elementos conformantes constituyen bellas escenas de muy dispar naturaleza plástica y estética. El artista se vale de una serie de fórmulas hasta crear espacios estructurales que positivan recreaciones llenas de magia, de encanto visual y de sutileza compositiva; elementos extraídos de la realidad cotidiana que el autor compone en una acumulación de objetos y que, a fuerza de inmediatez, generan posiciones menos cercanas; retratos de intenso dramatismo que yuxtaponen realidad y ficción en un mismo marco compositivo; imágenes que, también, mezclan diversos asuntos de diferentes connotaciones; bellas estructuras creativas que nos introducen en una imaginería extrema donde continente y contenido configuran una escenografía de máximos, bellamente descrita y relatora de una realidad donde tienen cabida unos infinitos gestos de suma espiritualidad -creativa, visual, estética- llena de máxima emoción artística.

Arturo Aguiar nos envuelve en una fotografía conformada pacientemente en un laboratorio de ideas, con un alambique creador que destila bellas fórmulas de intensa belleza creativa a la par que generadoras de inquietud y expectación. Se trata de una fotografía intensa, con el fondo y la forma perfectamente adecuados, positivada sin los excesos materiales -y costosísimos -que hoy anima a la realidad fotográfica.

Estamos ante una exposición grande, de fotografía de un artista fotógrafo, ajeno a modas y modos y que sólo plantea un ejercicio lleno de intensidad creativa. Acertada muestra que mantiene en primera línea la programación que Eduardo Rodríguez desarrolla para las salas de la Diputación.

Sala Rivadavia CÁDIZ

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