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Salvatore Ficarra y Valentino Picone consiguen hacer cómplice al espectador con 'La hora del cambio'. Salvatore Ficarra y Valentino Picone consiguen hacer cómplice al espectador con 'La hora del cambio'.

Salvatore Ficarra y Valentino Picone consiguen hacer cómplice al espectador con 'La hora del cambio'. / D. S.

Contra todo pronóstico, La hora del cambio va un poco más allá de su tosca apariencia de comedia costumbrista a la italiana, a saber, reverdeciendo y actualizando aquellos títulos de Don Camilo ambientados en el paese entendido como microcosmos social representativo de la Italia de posguerra, para proponer en su retrato coral y, sobre todo, en su tramo de salida, un auténtico bofetón en la cara de esos espectadores ingenuos que han estado hora y media riéndole las gracias a unos bufones a costa de los vanos intentos del nuevo alcalde de un pequeño pueblo costero siciliano por restablecer el orden, la legalidad y la cordura después de décadas sumido en las dinámicas de la corrupción y el caos organizado.

Los populares cómicos Ficarra y Picone (La matassa, Andiamo a quel paese) escriben, dirigen y protagonizan este sainete sureño, histriónico y gestual que tiene como principal virtud hacer cómplice al espectador en su empatía por unos tipos infames dispuestos a perpetuar las malas prácticas del compadreo social y el cuñadismo familiar en un espacio sembrado para la fullería y el arribismo. Pero ahí donde cualquier comedia (española) del estilo hubiera buscado una salida airosa y conciliadora (o peor aún, romántica), La hora del cambio vira inesperadamente hacia la suspensión brusca del happy end y la moraleja complaciente, lo que nos deja ante el panorama cómico pero despiadado de unas fuerzas vivas perfectamente engrasadas en su control del poder desde las instituciones públicas, los bajos fondos y, por supuesto, la santa madre iglesia.

No es menos cierto que hay que pagar algunos peajes para llegar al final de este retrato colectivo de un país sin solución ni remedio, y que los chistes y gags en comandilla de Ficarra y Picone no siempre funcionan con la misma efectividad. Todo ello no quita empero para que La hora del cambio se eleve considerablemente por encima de nuestros propios prejuicios, nos saque unas cuantas sonrisas por sorpresa y, sobre todo, nos haga soñar con algo parecido salido de los despachos televisivos donde se cuecen hoy las blandas comedias españolas populares.

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