La Fortuna sonríe a los valientes

  • La ópera de Puccini 'Turandot' emociona al público en el Teatro Villamarta, especialmente a través de las voces de sus protagonistas y la Filarmónica

Audaces Fortuna iuvat, decían los clásicos latinos. Sí, decimos nosotros, pero también (en lo que ópera se refiere) a los que, además de valientes, saben hacer las cosas con inteligencia, olfato y oído, sabiendo en cada momento lo que el público pide o necesita y no guiarse exclusivamente por gustos o ambiciones personales, como ocurre en algún que otro teatro vecino del Villamarta. Se podrá tachar al teatro jerezano de una programación conservadora en cuanto a títulos y estéticas, pero lo que no se le podrá reprochar es no buscar, dentro de sus posibilidades económicas, voces de verdadera calidad para sus espectáculos. Y a esta Turandot me remito como ejemplo supremo, pues en ella, ante todo y ante todos, brilló un nombre con luz deslumbradora: Elisabete Matos. La portuguesa nos sigue asombrando a cada nuevo personaje que incorpora por la madurez de su encarnación vocal y dramática y por las condiciones siempre en ascenso de su voz. Rara avis en un panorama actual dominado por las voces pequeñas, Matos apabulla por el squillo y la potencia de su sonido, por su capacidad de penetración y proyección y, al mismo tiempo, por su ductilidad, pues si bien nos dejó electrizados por la fuerza arrolladora de su terrorífica intervención inicial (con unos Do 5 afilados como cuchillos), más tarde supo hacer creíble vocalmente la transformación de la Princesa de Hielo en una mujer asustada primero, enamorada finalmente.

Carlos Moreno defendió a medias su papel. En los momentos más heroicos, como en la escena de los enigmas, subía con facilidad y era capaz de emitir un sonido potente y bien timbrado, pero a base de exagerados portamentos. Ahora bien, le resulta casi imposible dominar el torrente vocal y apianar y regular en los momentos más líricos, como en ese "Non piangere, Liù" en el que una emisión sofocada y estrangulada daba paso a un timbre leñoso sin brillo. Segundo impagable lujo fue el tener como Liù a Yolanda Auyanet, una cantante con enorme sensibilidad y lirismo en el fraseo, capaz de regulaciones conmovedoras, de sostener agudos en pianissimo y de encogernos la respiración en la escena de su sacrificio final. Estupendos también Moncloa, Sánchez y Canales como los tres ministros y sólo correctos el resto de los solistas (a pesar de la voz poco grata y destemplada de Segovia). El coro sonó con empaste y calidad sólo en los pasajes en forte, pero en los más delicados y pausados salían a relucir las voces sin impostar y de afinación vacilante de las sopranos y los desajustes entre secciones. En cambio, las voces infantiles de los Trovadores fueron realmente encantadoras a pesar de su corto volumen. Como es en él habitual, Patrón de Rueda (tercer lujo para el Villamarta) supo encontrar el justo equilibrio en las dinámicas y los acentos más apropiados a cada situación dramática, consiguiendo una excelente prestación de la Filarmónica malagueña (salvo algún metal fuera de tono de vez en cuando).

La producción colombiana se movía en el terreno de lo naïf y de lo ingenuo en lo referente al vestuario y a la escenografía, pero, ¿no estamos hablando en esta ópera de un auténtico cuento chino? Recuerdo pocas noches con una reacción tan entusiasta y tan exultante del público asistente. Siempre nos quedará Jerez.

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